"No aprendemos las lecciones de la historia porque no sabemos qué preguntas hacer". Lea Ypi ha pasado por Barcelona esta semana. Podría presentarla como una intelectual albanesa con ciudadanía británica, como filósofa, como profesora en la London School of Economics, como autora de libros como Libros y Indignidad; en fin, las cosas que dicen sus currículums. Pero prefiero poner el énfasis en las razones por las que su obra me cautiva: la forma de estar en el mundo, la necesidad de dar voz a las ideas pero también a la vida, a la condición humana ya su complejidad.
Nacida en Albania, país señalado como una de las formas extremas de la opresión comunista, Ypi no se queda en la retórica de los tópicos ni se limita a pasar página. Nos relata su experiencia personal —de cuando era niña en la Tirana roja— y la de los suyos —especialmente de su abuela—, que afloran los valores de la condición humana en condiciones límite, en unas circunstancias y una época que muchos prefieren olvidar en la oscuridad. La experiencia vivida la lleva al presente y no le impide, al revés, le anima, como hace en su breve Fronteras de clase: decir y explicar lo que ve y lo que piensa que pone en peligro el futuro democrático de las sociedades capitalistas como las nuestras. Con especial énfasis en tres cuestiones: las desigualdades, las migraciones y el carácter excluyente de unos estados de carácter oligárquico con el poder concentrado en unos pocos.
Ypi nos mira desde una perspectiva, en cierto sentido, foránea, fruto de su peculiar trayectoria, y pone el dedo directamente en el nihilismo: la pérdida de la noción de límites de quienes mandan, que amenaza los derechos y las libertades en el mundo occidental. En este sentido, su experiencia aporta complejidad a la hora de plantear las preguntas correctas para entender dónde estamos. Y de no sorprenderse de las pulsiones que vemos emerger: la cultura del odio al otro que vehicula la extrema derecha, la concentración del poder en muy pocas manos, el desprecio hacia la ciudadanía, la distancia entre la sociedad y la representación. Y con especial rechazo a la jerarquización de Occidente como único marco de civilización.
"Los valores que Europa proclama con tanto orgullo —de forma tan unilateral y acrítica— pierden mucho valor si se aplican sólo a unos pocos", dice Ypi. En este sentido, su discurso se hace especialmente patente en un momento en el que asistimos a un crecimiento manifiesto de las extremas derechas ya comportamientos fuera de control de los que Trump ha hecho una forma de estar en el mundo. Y apela a crear las condiciones para un compromiso que supere "cualquier nostalgia por la grandeza pasada, cualquier ilusión de superioridad civilizatoria". No perdamos el mundo de vista: "Las injusticias que la inmigración revela" están en primera línea: "Primero irán por los migrantes irregulares; después, por los residentes no ciudadanos, y, finalmente, por los ciudadanos que se llamen Mohamed o Abdalá, al igual que antes ibas por los Goldschmidt o Levi".
"La práctica de vender la ciudadanía a los ricos y restringir el acceso a quienes tienen pocos recursos" es una manifiesta expresión de la deriva de las democracias occidentales. Y no es de extrañar que, en este contexto, la extrema derecha se encuentre como un pez en el agua. De la misma forma que es lamentable el desdibujo de la socialdemocracia y la desmovilización de las izquierdas, como vemos en toda Europa, mientras las extremas derechas se disparan. "La creciente distancia entre representantes y representados", cuya relación se asemeja "a la de empresarios y consumidores"; "el fracaso de la justicia social", y "la incapacidad de ofrecer una visión alternativa del orden global basada en la cooperación" confirman la impotencia o claudicación de las izquierdas.
La experiencia totalitaria ha llevado a Ypi a soltar advertencias que no deberíamos eludir: "El problema es que las exclusiones, tanto dentro de los estados como entre los estados, se refuerzan mutuamente y sirven para consolidar un orden económico que permanece intacto en su núcleo". ¿Qué exigiría una alternativa? "Negarse a jugar a atrapar, rechazar la reducción de la democracia a la pertenencia y del conflicto político a lo cultural".
La pregunta es: ¿la imposición del autoritarismo postdemocrático responde a una lógica imparable? ¿Son incompatibles los poderes económicos y los sistemas de comunicación digital con regímenes de libertades? Y una vez más vamos a parar a la cuestión del momento: ¿es Trump un delirio momentáneo o es una expresión del mundo que viene?