Este país tiene una fuerza extraordinaria. La noto mientras veo avanzar solemnemente al papa León XIV por la nave principal de la Sagrada Familia, cuya cruz bendecirá dentro de un rato ante las cámaras que enviarán la señal a todos los rincones del mundo.
Por tercera vez en menos de medio siglo, un jefe de la Iglesia católica deja Roma para venir a pisar aquello que empezó siendo un solar en un barrio a medio hacer y una fachada sin entrañas ni contexto, alzada a los cuatro vientos, y que hoy es una maravilla de la arquitectura de todos los tiempos. Nadie, ni las altas autoridades que vienen desde Madrid, se lo quiere perder, porque quieren hacerlo suyo y porque saben que es el lugar donde hoy hay que estar. Antoni Gaudí es el origen de esta fuerza. Y la catalanidad y la espiritualidad son el origen de la fuerza de Gaudí.
Lo local y lo universal van el uno con el otro, pero esta realidad indiscutible siempre debe acabar siendo subrayada en Cataluña, precisamente porque a falta de instrumentos de homologación política internacional, la cultura catalana se ve obligada a abrirse paso entre las culturas del mundo con aquel punto de sobreactuación mediática de cuando hay que ponerse de puntillas. Ciertamente, a la Sagrada Familia no le hacen falta alzas, porque la atracción que despierta entre gente tan diversa demuestra cómo Gaudí supo tocar la fibra, en la más feliz de las coincidencias entre la fe y la técnica constructiva.
No, no nos hacen falta alzas. Mientras el Papa llega al altar mayor, resuena Joan Maragall diciendo que Antoni Gaudí era un poeta de la piedra. Y la poesía de la piedra rima en todas las lenguas.