El fútbol es el deporte rey: el que mueve más masas –digitales y presenciales– y más pasiones. Pasiones deportivas y nacionales. El que más negocio genera, con unos fabulosos derechos televisivos. El que más política comporta. Lo hemos visto en este Mundial, con las obscenas interferencias del presidente estadounidense Donald Trump, que ha contado con la complicidad indisimulada de Gianni Infantino, presidente de la FIFA, cargo que ocupa desde hace una década y en el cual se quiere perpetuar.
El mundo institucional del deporte no se caracteriza precisamente por su transparencia o su carácter democrático. Es un mundo opaco, que funciona a base de favores, influencias inconfesables y contratos millonarios. La élite institucional del fútbol internacional es una sociedad de millonarios en la que lo que cuenta es generar más espectáculo para generar más dinero. ¿Valores deportivos? ¿Dinero para promover el fútbol entre la infancia en situación de pobreza? ¿Alguien ha escuchado algún mensaje con alguna causa solidaria durante este Mundial, aunque fuera para blanquear el negocio?
Infantino es, sin duda, un genio del fútbol-negocio. Con la FIFA bajo su control, maneja cantidades estratosféricas, que ahora quiere continuar incrementando dando entrada a inversores privados a la Copa del Mundo y al Mundial de Clubes. Para esta entrada de capital privado cuenta con el banco internacional JP Morgan y con Thrive Eternal, compañía de inversión a largo plazo creada por Joshua Kushner, hermano de Jared Kushner, yerno de Donald Trump. El presupuesto de la FIFA de este año 2026 es de 8.911 millones de dólares. Y el Mundial ha dejado unos ingresos de 15.000 millones de dólares, el doble que la cita del 2022 y 5.000 más de los inicialmente previstos. Si al Mundial del 2022 participaron 32 selecciones y al de este 2026 han sido 48, en el próximo del 2030 –el que se hará en España, Portugal y Marruecos– la cifra se quiere que suba a 64. Más negocio. Más pastel a repartir. Y quien reparte es Infantino. No será fácil frenarlo ni en su reelección ni en sus delirios de negocio.
Pero la privatización que propone es una deriva peligrosa que supone traspasar una línea roja. Y más con los compañeros de viaje que tiene. Como dice la UEFA, ni Infantino ni ningún alto dirigente federativo es propietario del fútbol de selecciones. La FIFA no puede vendérselo, "especialmente cuando no hay ninguna transparencia sobre quién obtiene un beneficio económico", ha dicho la UEFA. El nuevo primer ministro británico, Andy Burnham, también ha sido contundente: "La Copa del Mundo no es un producto. Es la competición más grande del deporte mundial, y nunca ha sido de nadie para venderla".
Las 55 federaciones que integran la UEFA se reunirán de urgencia esta semana para organizar la oposición a los planes del presidente de la FIFA, el cual a su vez ha enviado una carta a las 211 federaciones que la componen prometiéndoles una lluvia de millones. ¿Quién se quedará el control del fútbol mundial? ¿Al lado de quién se pondrán las grandes cadenas televisivas y las grandes marcas deportivas? En esta nueva batalla del fútbol, el mundo del deporte se juega algo más que dinero.