El Papa, el arquitecto de Dios y el cielo de Barcelona
BarcelonaDe Antoni Gaudí no se puede decir aquello que ni en sueños se habría imaginado que, un siglo después de su muerte, el Papa vendría expresamente de Roma a bendecir la torre más alta de la Sagrada Familia. Porque si algo tenía Gaudí es que soñaba a lo grande. A lo muy grande, a lo más grande, a lo que le decían que parecía imposible, para ser exactos. Como en la primera lectura, Gaudí vio "un cielo nuevo y una tierra nueva". Hoy no hay templo en el mundo contemporáneo que se pueda comparar con la Sagrada Familia. Y por eso, hoy, al pie de su tumba, se han reunido todas las autoridades, las catalanas, las españolas y las romanas, encabezadas por el Santo Padre que se arrodilla y enciende una lámpara. Ya hace cien años fue enterrado bajo el título del arquitecto de Dios.
Arriba espera impaciente un abigarrado conjunto de mitras, curas con alba y estola, feligreses parroquiales, sociedad civil y militar, y de todo aquel que pinta o paga algo en este país; todos juguetones como en un festival de final de curso, mientras la spidercam sobrevuela la nave de arriba abajo, a punto para transmitir las mejores jugadas, esperando que Barcelona vuelva a ser la ciudad de los prodigios.
Los cantores que llenan los coros, las trompetas que se oyen en Westminster, la magnitud de la basílica, la voz angelical del monaguillo de Montserrat, el “Creo en un Dios”, el Padrenuestro o el Virolai que brillan solemnes y firmes en la voz de los miles de fieles que los entonan a coro, todo ello vuelve a subir la nota del eterno examen que pasa Barcelona y que se mide por la exigencia cuando las expectativas son de nivel urbi et orbi. Ahora sí, estamos en un momento histórico, por espectacular, por grandioso, porque como dirá el Papa en catalán en el sermón, la Sagrada Familia "es una elocuente catequesis hecha de piedras, colores y luz".
Mientras tanto, ¿en qué estará pensando Pedro Sánchez, que esta mañana se las tenía con Feijóo en el Congreso y ahora está plácidamente sentado en primera fila con su mujer, ambos vestidos de oscuro, no muy lejos de los reyes de España, en el presbiterio? El lenguaje político, catalán, español y universal no lo desarma ni el Santo Padre.
Con la excepción controlada de la velada en el Estadio de Montjuïc, el paso del papa León XIV por Cataluña ha sido más religioso y menos multitudinario que el paso por Madrid, pero la escenografía y la liturgia, además de los diseños del "hecho en Barcelona", han conferido a los actos una elegancia y una contención muy catalanas, ya casi olvidadas tras el fragor de tantas batallas políticas y a golpes de roca del Procés. La herida no está cerrada y el Papa no se ha referido a ella en ningún momento. Robert Prevost ha reconocido Cataluña y su lengua, pero ha alzado la mirada y ha mirado hacia otra parte cuando allí podría haber puesto contexto. Las palabras del Papa se escriben entre Roma y Madrid, bajo la atenta vigilancia de los gobernadores eclesiásticos de la provincia.
Llega el momento de la bendición de la torre de Jesús, el espaldarazo televisivo y el motivo del viaje papal, que tras la polémica lingüística por el programa inicialmente en castellano ha adquirido categoría de escena final de último capítulo de la temporada. Tiembla la llama de la lámpara que León XIV ha dejado hace un par de horas sobre la tumba de Antoni Gaudí ("Antonio", en la versión castellana del libreto que hemos recibido los asistentes). ¿Cómo es posible que nadie corrija un error tan grande como la basílica misma? ¿O cómo es que alguien que manda se ha creído con el derecho de faltar al respeto a la memoria del arquitecto de Dios? Sobre todo cuando un papa norteamericano, perfecto hispanohablante, se refiere a Gaudí por su nombre de pila.
La bendición ha sido bilingüe. Las presiones de los cristianos catalanes han hecho su efecto. ¿Era necesario alarmar y molestar la conciencia de tanta gente cuando ya estamos en 2026? Pero los grandes triunfadores del viaje papal son los niños de la Escolanía de Montserrat, sus voces, y las luces de los farolillos suspendiendo el tiempo ante la fachada del Nacimiento. Y Antoni Gaudí, que hoy ha visto brillar su sueño, muy bien como si fueran un cielo nuevo y una tierra nueva. Un aplauso ensordecedor ha estallado en la basílica, con las luces, los drones y los fuegos artificiales. Vibraciones de 1992. ¿Qué esperan para beatificarlo?