La muerte de Jürgen Habermas (1929-2026), uno de los pensadores más relevantes de su generación, ha coincidido con un momento bastante delicado: un conflicto bélico que, debido a su trasfondo real –que no es otro que el petróleo–, afecta a todo el mundo. ¿Qué pueden aportar las ideas de Habermas en un escenario tan tenebroso como éste? Su teoría de la acción comunicativa va más allá del estrecho de Ormuz, para entendernos: permite interpretar globalmente la política internacional de nuestros días, marcada por tensiones geopolíticas encapsuladas y muy, muy viejas, y también por guerras puras y duras recién estrenadas.
¿Por qué resolvemos las diferencias en tuberías? Habermas distingue entre la acción comunicativa, orientada al entendimiento y al consenso, y la acción estratégica, destinada a imponer intereses propios a cualquier precio. Parece evidente cuál de las dos predomina hoy: los estados (y otros actores) operan desde una racionalidad instrumental que otorga prioridad a la consecución de unos objetivos en detrimento de la legitimidad política y del diálogo que, a largo plazo, le apuntala. Esta asimetría explica por qué los conflictos bélicos tienden a cronificarse, pero también por qué los mecanismos multilaterales de resolución de disputas suelen ser insuficientes. Desde la perspectiva habermasiana, un conflicto armado es el resultado de un previo fracaso comunicativo. ¿Se trata de una ingenuidad filosófica o, incluso, de una simplificación? No, en absoluto.
Cuando los actores (políticos, militares, económicos o incluso culturales) no comparten un mínimo marco de validez sobre hechos, normas o identidades, la comunicación se degrada hasta el punto de hacer imposible un acuerdo racional o, al menos, razonable. Esto se ve con claridad en conflictos territoriales o identitarios en los que las partes no reconocen la legitimidad de las narrativas del otro. La carencia de un espacio común de significado convierte entonces cualquier negociación en un mero intercambio táctico, no en un proceso deliberativo real. No estamos hablando de ninguna abstracción, sino de cosas muy concretas. Por ejemplo, yo puedo tener una discrepancia con una persona, pero al mismo tiempo reconocerla como un sujeto capacitado para discrepar conmigo en igualdad de condiciones (es decir, alguien que puede tener razón o, al menos, alguna parte de razón). De lo contrario, el diálogo –y por supuesto el consenso– resulta imposible. Es entonces cuando aparece la tentación del varapalo entendido como algo inevitable.
A nivel colectivo, Habermas subraya la importancia de las instituciones internacionales como espacios en los que la comunicación puede adquirir una formulación racional estable. Sin embargo, en los conflictos actuales estas instituciones son a menudo percibidas como parciales o instrumentalizadas. La desinformación y la violencia erosionan las condiciones de veracidad y confianza que hacen posible el diálogo. Esto contribuye a la "colonización del mundo de la vida", un concepto que describe cómo los sistemas de poder –económico, militar, tecnológico– invaden los espacios de significado compartido y los distorsionan. Aplicar la teoría de la acción comunicativa en la resolución de conflictos implica recuperar las condiciones ideales de habla: igualdad de palabra (lo que los griegos denominaban isegoría), ausencia de coacción y reconocimiento mutuo. Aunque estas condiciones no se dan plenamente en casi ningún escenario bélico, deberían funcionar al menos como criterio normativo o regulativo. Es decir, al menos debemos aspirar a ello. En caso de renunciar a esa noble aspiración, el conflicto no se resolverá. Podrá transformarse, adquirir otra forma y color, pero seguirá donde estaba, obstinadamente: la fuerza puede imponer silencios, pero no genera consensos duraderos. Esta lección es más vieja que la de ir a pie, y sin embargo tendemos a minimizarla o, en el peor de los casos, ignorarla.
En un mundo donde la desconfianza y la lógica cambiante de los blogs tienden a prevalecer, las ideas de Habermas ofrecen una brújula más o menos plausible para visualizar formas de convivencia racionales en las que la comunicación humana no se reduce a estrategias para conseguir objetivos parciales, sino que busca un entendimiento mutuo. ¿Y cuándo ocurre esto? Cuando los estados buscan acuerdos basados en intereses comunes y en razones compartidas –esa es la palabra clave–. Dicho así parece mucho –demasiado– fácil. La verdad es que todo esto ocurre pocas veces, pero ocurre. La Unión Europea, por ejemplo, es el resultado de un reconocimiento mutuo entre franceses y alemanes después de intentar destruirse en varias ocasiones. Es una lección que el alemán Jürgen Habermas vivió de cerca: en 1945 tenía dieciséis años.