El mundo pequeño de...

Quima Casas: "Tengo 74 años y llevo 166 maratones; no soy de quedarme en casa"

Corredora

Quima Cases con una de las botas de oro que se daban hace años en las carreras.
22/05/2026
4 min

San Félix de Pallerols (Garrotxa)Un mes antes de cumplir 75 años, y con 166 maratones en sus robustas piernas, Quima Casas (Sant Martí Sacalm, 1951) continúa corriendo porque no sabe "quedarse en casa sentada en el sofá mirando la televisión". Ha terminado tres maratones este año, aunque ya no mira el cronómetro, sino que sigue sus impulsos caminando por los frondosos parajes de Sant Feliu de Pallerols (Garrotxa), el pueblo desde donde ha construido una de las trayectorias más singulares del atletismo catalán.

Comenzó a correr casi por casualidad. A los 28 años se había engordado después de casarse y tener un hijo, y decidió empezar a subir a la Salut para ponerse en forma. Sin entrenadores, sin técnica y sin saber qué distancia debería correr, se inscribió a la primera maratón que se hacía en Cataluña, a finales de los setenta. "Corría con vaqueros y zapatillas de andar por casa", recuerda todavía riendo. Aquel día había solo 33 mujeres inscritas y ella no había corrido nunca más de 15 kilómetros seguidos. A los veinte kilómetros acabó exhausta, con los pies destrozados, tumbada en la carretera. "Me moría", reconoce, pero continuó y llegó la tercera de las tres mujeres que completaron la carrera. Un mes después, olvidados los sufrimientos, en el maratón de Madrid rebajaba en 45 minutos su marca. Acababa de empezar una carrera deportiva extraordinaria.

"El crono es mi cabeza"

Desde entonces lo ha corrido prácticamente todo: de la milla a los 100 kilómetros. Ha completado cinco carreras de 100 kilómetros, ha bajado de las tres horas en maratón más de cincuenta veces y conserva un mejor registro de 2 horas y 43 minutos. Este 2026 ya ha disputado tres maratones, la última en Barcelona, donde acabó con un tiempo de 5 horas y 18 minutos. “Ahora ya no voy a hacer marcas”, admite. De hecho, ni siquiera lleva reloj. “El crono es mi cabeza”. Solo se ha retirado una vez en toda su vida deportiva, en Benidorm, por culpa de una ciática. “Soy demasiado terca. No debería haber ido”, reconoce. Es una excepción en una trayectoria marcada por la resistencia física, pero sobre todo mental.

En su casa, te deslumbra el brillo de las copas que forran las paredes: unas 4.000 copas, trofeos y placas, además de cajas llenas de medallas. Ha corrido para clubs como el GEiEG, el Farners, el Vic o el Terra de Volcans, aunque actualmente compite de manera independiente. Nike la patrocinó durante su mejor etapa, cuando las carreras populares empezaron a crecer y ella encadenaba competiciones por todo el Estado. “Quizás soy la chica que ganó más dinero corriendo -comenta-. No lo suficiente para vivir de ello, pero sí para ayudar mucho en casa”. Entonces, además de los premios, la marca le añadía gratificaciones por los podios.

Quima Casas con su perra en el jardín de su casa, en Sant Feliu de Pallerols.

La mala pérdida de los hombres

Fue pionera en una época con pocas corredoras y algunos hombres no aceptaban perder contra ella. “Las había que se enfadaban mucho”, recuerda. Un corredor incluso le dijo que se bebería una botella de cava el día que lograra ganarla. Ha trabajado haciendo de profesora de educación física e impartiendo cursillos en gimnasios. Correr ha sido una terapia. “Si tienes un mal día o una preocupación, te pones las mallas y corriendo se te pasa todo”, explica. El contacto con la naturaleza es su refugio. Por eso prefiere entrenar lejos del asfalto, en los bosques de la Garrotxa.

La subida al santuario de la Salut ha sido su trayecto iniciático y predilecto, y también la de los Àngels, que llegó a ganar más de diez años seguidos. Cuando llega el calor se va hacia Vallter. Deja el coche en Setcases después de desayunar y enfila montaña arriba. Otros días aparca en Sant Joan de les Abadesses y corre hasta Ogassa. “Cuando salen los de Barcelona yo ya estoy volviendo”, dice con picardía.

Mejor la luna que los frontales

Un día a la semana hace una tirada larga de tres horas. Pero también le gusta caminar y andar en bicicleta de montaña. Admite que le cuesta adaptarse al cambio horario, cuando el sol desaparece muy pronto detrás de las montañas de Sant Feliu de Pallerols y le toca entrenar a oscuras. Odia los frontales. “No soporto deslumbrar a nadie ni que me deslum bren”. Prefiere correr a la luz de la luna en plena noche, aunque se encuentre algún jabalí. “No tengo nada de miedo, la luz de la luna me da mucha energía”.

Tampoco ha sido nunca amiga de dietas estrictas. Un médico atleta que la preparaba le controlaba mucho la comida. Ella, muerta de hambre, aprovechaba la siesta para escaparse a comer una paella a escondidas. “Se lo confesé cuando ya no me entrenaba”, recuerda riendo. Defiende la dieta mediterránea sin complicaciones: arroz, pasta, patatas y carne. No le gustan los geles energéticos. Durante los maratones come chocolate, bebe agua, bebida energética y, si puede, también coca-cola cuando hace calor.

Quima Casas con el cartel que le regalaron para recordar su participación en dos pruebas míticas: la Pujada a la Salut y la Maratón de Nueva York.

Lo que le dice el corazón

Té anécdotas de todos los colores. En la Maratón de Castilla-la Mancha, después de una tarde de tapas y vinitos con los miembros de la organización, tuvo que ir al baño en medio de una recta, sin ningún árbol donde esconderse y con una bicicleta de la organización siguiéndola al lado. “Qué vergüenza”, dice aún hoy. En París, en cambio, la víspe-ra de una carrera le entró el impulso de subir corriendo las escaleras de caracol de la Torre Eiffel y después se zampó un filete con mantequilla. Y al día siguiente le fue bastante bien.

Sabe que algún día tendrá que dejar las maratones, pero no la actividad. “Cuando no pueda correr, caminaré, iré en bicicleta o alguna cosa haré”. Se mira en el espejo de Cataluña Norte, donde dice que hay mujeres de más de 80 años que aún corren más que ella y que incluso ganan a una su sobrina de treinta años. Quima Casas no entiende la vida quieta.

stats