La extraña tozudez de los catalanes

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Parque solar en Gallifa (Vallès Occidental).
02/10/2026 - 13:06 h
Director adjunto

Estamos en una crisis climática global. El calentamiento planetario no se detiene. La lucha de los habitantes de la Tierra es a vida o muerte... Pero en un minúsculo rincón de este sobrepoblado globo terráqueo, en el sur de Europa, hay un pequeño país cuyos habitantes, tercos, no están dispuestos a cambiar su estilo de vida para contribuir a salvar a la humanidad. Se niegan a que sus paisajes queden manchados de molinos de viento y placas solares. Ponen muchas excusas, algunas aparentemente –localmente– razonables. Pero el resultado es que siguen quemando grandes cantidades de petróleo y consumiendo gas, y no tienen más remedio que alargar la vida de sus destartaladas centrales nucleares, algo nada recomendable.

Es un caso mundial único de ceguera ambiental. ¿Qué les pasa a estos catalanes? Ciertamente, es extraño. No hace tantos años el movimiento ecologista había arraigado con fuerza. Pero ahora ha cuajado una sorprendente alianza entre los mismos ecologistas –no todos–, hoteleros, campesinos y políticos locales. ¿Cómo salimos de este embrollo y nos sumamos, sin rodeos, a la cruzada contra el calentamiento?

Hace unos días, un sabio catalán que lidera desde Australia el control de CO₂ que los humanos vertemos a la Tierra, el prestigioso Pep Canadell, se admiraba de esta actitud de sus compatriotas. "Que en 2026 en Cataluña todavía se esté discutiendo dónde se tienen que poner las placas solares o los molinos, y que se aplacen las decisiones un año más, es algo fuera de este mundo". Y se preguntaba: "¿Cómo puede ser que no se esté desplegando la red renovable a toda velocidad? No se puede esperar más: hay que ir a saco". ¿Le haremos caso o seguiremos instalados en la actitud nimbi: not in my back yard?

El plan de renovables del Gobierno, el PLATER, ha recibido ni más ni menos que 12.000 alegaciones. Casi nadie quiere molinos ni placas. Increíble. Y mira que tenemos bosques dejados de la mano de Dios, carne de incendios, y terrenos agrícolas abandonados. Pero no. No se entiende esta obcecación. Y esto ha pasado este verano, cuando en tantas casas se instalaban aires acondicionados y ventiladores para combatir el calor extremo. Más consumo eléctrico. Y cuando había una nueva tanda de grandes incendios. Y cuando el estrecho de Ormuz estaba bloqueado por la guerra Irán-EE.UU., con el consiguiente encarecimiento del gas y el petróleo. Es también por interés económico que toca impulsar las renovables.

Si nadie quiere ceder, al final habrá que decretar la obligatoriedad para todos los ayuntamientos de promover un parque solar y un parque eólico municipales. El viejo lema ecologista decía think global, act local. Pues en nuestra casa pensamos local y esperamos que otros actúen. ¡Hombre! El caso es que los otros sí que están actuando. La electrificación con renovables avanza a toda velocidad en China, la India, Pakistán... También en África. Han entendido que no solo es una cuestión de salvar el planeta, sino que les sale a cuenta. Y por descontado en muchos países de Europa, sembrados de placas a pesar de tener menos sol que nosotros. Aquí nos parecemos a los EE.UU. de Trump, que va con el freno de mano puesto y se ríe del cambio climático. ¿Nos hemos vuelto locos o qué?

"Tendremos un mundo más cálido y sufriremos impactos severos, sí, pero la carrera para evitar el colapso ya ha comenzado y no se detendrá", dice, optimista, Pep Canadell. ¿Los catalanes queremos participar en esta carrera o queremos quedarnos a la cola, disimulando, como si la cosa no fuera con nosotros? ¿Qué nos diría, si estuviera vivo, uno de los grandes padres de la ecología mundial, el biólogo Ramon Margalef? El eclipse total que hemos podido ver este verano, tan bello, lo podemos leer también como una metáfora: ¿vamos embobados hacia un eclipse climático, solo preocupados de la belleza inmaculada de nuestros paisajes? Los humanos hemos transformado el paisaje desde tiempos inmemoriales. Hemos construido pueblos y ciudades, hemos convertido bosques en campos de cultivo, hemos hecho carreteras, puentes, puertos. Con la industrialización, sembramos las ciudades de chimeneas que ahora protegemos como patrimonio arquitectónico. En el futuro, los actuales molinos de viento que permanezcan en pie también serán protegidos. Ahora toca hacerlos. Y si no los hacemos, nos caerán encima muchas MAT (líneas de muy alta tensión) para traer la energía de fuera. Pongámonos las pilas, por favor.

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