Feijóo en Waterloo
Feijóo pide ayuda para derrocar a Sánchez y Junts le da la vuelta: “El señor Feijóo sabe que, si nos tiene que explicar algo, esa reunión se tiene que hacer en Waterloo”, y marca una raya que tensa todavía un poco más el rostro de Feijóo, que ha sido incapaz de contener la progresión de Vox y ahora se tiene que adaptar a él. El pulso es delicado en un momento en que las tentaciones neofascistas van más allá de la extrema derecha, con un efecto contagioso sobre todo el espacio conservador.
¿Sánchez hasta el final de mandato? Es posible. La tendencia es pensar que el desgaste irá a más. Y que la presión judicial continuará. Pero Sánchez tiene fama de resistente, y en un año pueden pasar cosas. Ahora mismo solo me atrevería a hacer un pronóstico: si el Parlamento español se disuelve, no me extrañaría que Sánchez no fuera el candidato socialista. Si es de aquí a un año, no estaría tan seguro. Exactamente al contrario de lo que podría pasar con Feijóo.
La realidad política es la que es. A Pedro Sánchez le queda un año de mandato rondando el precipicio, con sus bases electorales en sensible desbandada y con la derecha al alza:el crecimiento de Vox propagando la radicalización autoritaria y el PP asumiendo con la boca pequeña la dependencia de Abascal y compañía si quiere gobernar. En todo caso, la derecha ya no engaña: que harán mayoría con los neofascistas lo dan por hecho. Lo que buscan es guardar un poco las apariencias. Pero eso lanza mensajes que no son más que brindis al sol.
El cinismo de Feijóo da risa. Dice al PNB y a Junts que voten la moción de censura para acelerar el cambio y que Vox no la votará, pero da por hecho que a la hora de hacer mayoría contará con ellos si los necesita, como en las comunidades autónomas. Es el estilo Feijóo, que nunca habla de ideas ni proyectos; solo desgarra al adversario y acaba pactando con quien haga falta para que le den el voto. ¿Y después, qué hará? Buscar al PNB y a Junts para ganarlos para su parte de derecha económica, pero sabiendo que, con Vox al lado, las negociaciones de alternancia del modelo de Jordi Pujol —ahora con el PSOE, ahora con el PP— quedan lejos.
Qué lento es que el paso de las palabras a las cosas cuando hay demasiados obstáculos que sortear. A Feijóo se le hace larga la espera porque su liderazgo pende de un hilo. Candidato por accidente cuando tocaba ir a perder, la verdad es que ha hecho pocos méritos como jefe de la oposición. Siempre enfadado, la tristeza que emite su mirada hace difícil imaginarle como un líder capaz de animar y entusiasmar. La renuncia a las ideas y las propuestas para gastar toda la energía en buscar fechorías del adversario le alejan de cualquier imagen de autoridad y reconocimiento.
Y todo ello en un momento en que despiertan las sospechas sobre la influencia del PP en algunos espacios del poder judicial. No deja de ser curiosa la diferencia de los ritmos con que a menudo la justicia actúa según si los señalados son de la derecha o de la izquierda. De pronto, se ha desplegado una serie de actuaciones sobre el espacio socialista que se necesita una cierta inocencia para pensar que son pura casualidad. De golpe, aparecen historias de Zapatero, hasta ahora el único presidente del gobierno que había salido sin mácula (lo cual ya de por sí es un misterio), después de años exhibiendo un perfil más bien discreto y solitario. Pasa a veces que las cosas abyectas salen cuando menos se espera, pero no deja de ser sospechoso que emerjan ahora, coincidiendo con un momento de aceleración de actuaciones contra el ámbito socialista, cuando al mismo tiempo hay casos del PP encallados desde hace años. Los tiempos de la justicia son inefables. Sin embargo, cuesta atribuir al azar que unas instrucciones se disparen, mientras que otras siguen en tiempo muerto.