Festival azulgrana

Al comenzar la temporada, el barcelonismo coincidió en el hecho de que volver a ganar la Liga tendría mucho mérito, porque el equipo “de todos los españoles” no podía repetir el sorprendente, casi ridículo, año en blanco con una plantilla repleta de fichajes multimillonarios que debían marcar no sé qué nueva era del fútbol mundial de la mano de un nuevo entrenador, Xabi Alonso, presentado como un Guardiola para esta nueva hegemonía. Ocho meses y dos entrenadores después, Alonso aparece en la larga lista de víctimas del presidente Florentino Pérez; los fichajes multimillonarios han vuelto a demostrar que, como decía Cruyff, nunca se ha visto que un saco de dinero marque goles; el Madrid vuelve a quedarse en blanco; el Barça gana la Liga por segundo año consecutivo, y, en coherencia con esta línea de buen gobierno, suena Mourinho (!) para el año que viene.

Pero la autodestrucción blanca no explica por qué esta Liga ha vuelto a ser blaugrana. El juego ha tenido contribuciones individuales brillantes como las de Lamine Yamal, Eric Garcia, Fermín, Cubarsí o Joan Garcia, o los goles de Ferran, Lewandowski y Raphinha. Además, en una temporada marcada por lesiones largas, la gestión que Flick ha hecho de la plantilla ha sido excelente. Y el hambre, la calidad y la responsabilidad de un grupo de jóvenes hechos en casa han hecho el resto.

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En una semana como esta, hay que recordar y agradecer también el legado ganador de Cruyff. Para poner en perspectiva histórica lo que significa esta Liga, me gustaría decirlo en términos biográficos: cuando cumplí 30 años, había visto ganar tres Ligas al Barça (74, 85, 91). Hoy, 34 años después, le habré visto ganar dieciocho (92, 93, 94, 98, 99, 05, 06, 09, 10, 11, 13, 15, 16, 18, 19, 23, 25 y ahora 26). No hay que añadir nada más.