Retos: Integración y superación La acogida de los maestros Analizamos efectos y resultados
03/05/2026
Profesor en la UdG y formador en dinamización comunitaria
3 min

En una entrevista reciente en TV3, Maria Teresa Cabré (presidenta del IEC) sostenía que, para que el catalán se convierta en una lengua realmente compartida, son necesarios nuevos enfoques. Entre las ideas que planteaba, hay una que, de entrada, resulta especialmente sugerente: la hibridación. La propuesta es clara: si Cataluña quiere que la inmigración haga suyo el catalán, no basta con exigir su aprendizaje; se necesita una buena acogida, generar sentimiento de pertenencia y hacer posible un aprecio real hacia la lengua.La idea, formulada así, es difícil de rechazar. Ninguna sociedad puede aspirar a convertir su lengua en un espacio común si no es capaz de acoger, reconocer e incorporar. El problema, sin embargo, no es la bondad de la premisa, sino su insuficiencia. El planteamiento de la hibridación pone el acento en la dimensión relacional y social del vínculo con la lengua, pero deja en un segundo plano aquello que hoy es decisivo: las condiciones estructurales en que viven las personas inmigrantes, sus descendientes y los colectivos alterizados.No basta con decir que los catalanohablantes deben “permeabilizarse” para que haya más interacción, más encuentro y, a partir de ahí, más adhesión al catalán. Esto puede funcionar en algunos casos. Pero convertir esta intuición en una respuesta general es, como mínimo, una simplificación. Presupone que la distancia entre la lengua y una parte de la población es, sobre todo, un problema de falta de contacto, cuando a menudo es la expresión de una fractura social mucho más profunda.En Cataluña, esta fractura no se puede entender sin el racismo. No solo en su expresión explícita y xenófoba, sino también en formas más difusas, normalizadas y difíciles de identificar, incrustadas en las prácticas institucionales, las expectativas sociales, los imaginarios colectivos y las clasificaciones cotidianas. Es un racismo que continúa operando, a menudo sin ser reconocido como tal, incluso en espacios que se piensan a sí mismos como comprometidos con la justicia social. Esta ceguera no es solo moral: también es epistemológica, porque impide entender qué pasa con la lengua en contextos de desigualdad. Si las personas inmigrantes y alterizadas viven más expuestas a la segregación escolar, residencial y laboral, a la discriminación en el acceso a la vivienda, a la degradación simbólica en la representación pública o a formas de laicismo selectivo que recaen sobre todo sobre determinados grupos religiosos, entonces la relación con la lengua no se puede pensar solo en términos de acogida afectiva.

El idioma no circula en un vacío social, sino dentro de una estructura de poder. Por ello, la adhesión a un idioma no depende solamente de la simpatía que despierta o de la calidad de los vínculos interpersonales, sino también del lugar desde donde cada uno es mirado, reconocido o excluido. Pedir estima para el catalán sin afrontar las condiciones materiales y simbólicas de exclusión es confiar demasiado en los efectos de la proximidad y demasiado poco en el peso de la desigualdad. Lo muestra el hecho de que hoy en Cataluña hay muchos jóvenes que hablan un catalán excelente y que, sin embargo, han decidido no hacerlo servir: saber un idioma no implica sentirlo como propio, sobre todo cuando la experiencia social está marcada por la sospecha, la humillación o la percepción persistente de no formar parte del nosotros que aquel idioma simboliza.Aquí hay un punto ciego importante del discurso sobre la cohesión: a menudo se da por hecho que la lengua es, por sí misma, una vía de integración. Pero para muchos jóvenes representa una contradicción dolorosa: dominan el catalán, lo hablan, lo han aprendido en la escuela, pero no se sienten reconocidos y continúan topando con fronteras sociales y raciales muy concretas. En estas condiciones, el abandono de la lengua puede expresar distancia, fatiga o resentimiento. Por eso, hay que tener cuidado con las metáforas amables: la hibridación puede ser un ideal sugestivo, pero corre el riesgo de quedarse en una visión ingenua si no incorpora el conflicto social real que atraviesa el país. Una sociedad no deviene “híbrida” solo por el contacto entre grupos, sino también cuando transforma las condiciones que convierten la diferencia en desigualdad.Si queremos que el catalán sea una lengua compartida, una lengua de todos, no basta con reclamar apertura relacional. Hay que afrontar aquello que erosiona la pertenencia: la segregación, la discriminación y la jerarquía racial que estructura una parte de la vida social catalana. Sin esta mirada, la defensa del catalán corre el riesgo de confundir cohesión con voluntarismo. Y sin justicia social y racial, la promesa de una lengua común será, para muchos, poco más que una invitación retórica.

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