Francia: jóvenes que no se resignan

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Protesta de estudiantes en el centro de París, el martes pasado.
31/10/2026 - 18:02 h
Doctora en ciencias de la educación

El estallido del malestar en la secundaria francesa estas últimas semanas de otoño ha tomado la forma de imágenes muy concretas. Fuera, la canícula tardía y las tormentas; dentro de las aulas, a pesar de ser ya el mes de octubre, un bochorno asfixiante. Una de las pancartas que se podían ver ante el instituto Jean Perrin de Rezé decía “35°, 35 par classe, mais le problème c’est nos téléphones”. Los estudiantes han salido a la calle pidiendo cosas muy concretas, materiales, palpables: ventiladores, la reparación de las persianas, la contratación urgente de docentes para cubrir las bajas y la reducción de ratios. Entre los eslóganes pintados a mano que han corrido por las redes sociales, había uno que sintetizaba con amarga ironía la paradoja de una generación: “Nos pedís que preparemos el futuro en aulas que no aguantan el presente”.

En una tribuna publicada en Le Monde el pasado 7 de octubre, el sociólogo François Dubet lo expresaba con un titular tan contundente como también paradójico: “No hay futuro fuera de la escuela, y la escuela no puede garantizar ningún futuro”. El año 1990, cuando yo era estudiante de doctorado en París 8 Saint Denis, viví en directo el estallido del movimiento de los lycéens en la banlieue parisina, que culminó en una gran manifestación en París. Un año más tarde, en 1991, pude escuchar a Dubet, que acababa de publicar Les lycéens, una investigación sobre la experiencia de los estudiantes de secundaria en Francia, donde ya abordaba la tensión entre las expectativas que la escuela genera y su capacidad real de garantizar un futuro. Treinta y cinco años después, las movilizaciones que sacuden los institutos y las calles de Francia siguen planteando el mismo interrogante: ¿qué puede esperar un joven hoy de la escuela?

Parecería que los jóvenes adolescentes se encuentran atrapados en una trampa institucional. Por un lado, se les repite que sin títulos no serán nadie en un mercado laboral incierto. Por el otro, constatan diariamente la inflación de estos mismos títulos y la presión asfixiante de plataformas de admisión algorítmicas como Parcoursup, que transforman la juventud en un dosier hipercalculado y competitivo. Cuando la promesa meritocrática falla —cuando la escuela dice que el esfuerzo lo es todo, pero las desigualdades sociales de origen persisten—, el fracaso escolar se vive como una humillación personal y el trabajo en el aula pierde toda perspectiva emancipadora. El análisis del malestar debe ir más allá de las condiciones materiales y apuntar al sentido mismo de los estudios. ¿Cómo se puede pedir a los jóvenes que se esfuercen, compitan y acumulen títulos si la promesa de que este esfuerzo les abrirá las puertas del futuro es cada vez más incierta?

La crisis se ha agudizado en Francia, en un sistema marcado por enormes desigualdades entre centros y territorios. Las familias y los jóvenes saben que no todos los itinerarios tienen el mismo prestigio ni abren las mismas puertas. Cuando el diploma deja de ser una garantía y se convierte en el mínimo necesario para no quedarse atrás, cuando las desigualdades de partida continúan determinando las posibilidades de futuro, el esfuerzo puede perder sentido y alimentar la frustración.

También hemos visto en París y otras ciudades cómo algunos profesores formaban cadenas de protección alrededor de los estudiantes, para protegerlos ante posibles cargas policiales. Una docente lo expresaba con una pregunta: “¿Qué hacemos? ¿Dejamos que apalicen a los alumnos?” Lo más alarmante de lo que se vive en los institutos franceses, si comparamos con las revueltas de otros tiempos, es que esta pérdida de sentido del alumnado corre en paralelo a la crisis de identidad del mismo profesorado. Los docentes ya no se enfrentan solo a sueldos insuficientes o a aulas masificadas, sino a la dificultad cotidiana de encontrar un propósito a su trabajo cuando el saber ha perdido su valor sagrado y la institución que debía contribuir a construir ciudadanía y abrir horizontes de futuro es percibida como un lugar donde las oportunidades prometidas ya no están garantizadas.

En Cataluña conocemos bien estas tensiones. Las huelgas y las movilizaciones docentes han puesto sobre la mesa reivindicaciones urgentes sobre los recursos y las condiciones de trabajo en las aulas. Ahora que se abre un debate de país sobre la educación y que ya se han definido los cinco grandes temas que la deben articular, no nos podemos limitar a discutir con qué recursos educamos, sino que debemos abordar también por qué educamos, qué significa ser maestro hoy y cuál es el propósito de la escuela. La pregunta que plantea Dubet es, en el fondo, política y social: ¿qué futuro prometemos a los jóvenes y qué papel queremos que tenga en él la escuela?

En medio del malestar, hay, sin embargo, un motivo para la esperanza. Las movilizaciones no expresan solo rabia: también revelan que muchos jóvenes no se han resignado. En Francia, alumnos de institutos socialmente favorecidos y de instituciones prestigiosas como Sciences Po y la École Normale Supérieure se han solidarizado con las reivindicaciones de los institutos de banlieue, conscientes de que no todos estudian en las mismas condiciones, y han reclamado una distribución más equitativa de los recursos. Que jóvenes con trayectorias y oportunidades diferentes se movilicen los unos por los otros rompe la lógica de la competición individual y recuerda que la educación es un bien común. Quizás esta es una de las lecciones más importantes de esta revuelta: la escuela no puede garantizar por sí sola el futuro, pero sí puede contribuir a construirlo.

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