El franquismo sociológico
1. La noticia buena: dentro de un mes ya habrán pasado las elecciones. La mala: Santiago Abascal ya estará presionando a Núñez Feijóo para investirle como presidente del gobierno de España. Lo que hemos visto en cuatro comunidades autónomas, con Vox llevando al PP hacia la radicalidad de algunas políticas a cambio de investiduras, ahora se repetirá al por mayor, en el Congreso, para que la derecha recupere el poder. Tal y como pintan las encuestas, la mayoría absoluta de derechas parece cantada y ni Rufián, ni Nogueras, ni Colau, ni Bildu, ni el PNV podrán hacer nada para impedirlo. La maquinaria contra Pedro Sánchez –la judicial, la mediática y las redes poco sociales– ha funcionado como un engranaje perfecto. Las joyas de Zapatero y la corrupción del PSOE, con Ábalos a la cabeza, han hecho el resto. Si en algún momento Iván Redondo, asesor sobrevalorado, le hizo creer a Sánchez que la remontada era posible, la tragedia del AVE y la pésima gestión del ministro Puente han minado las opciones socialistas de mantenerse en el poder.
2. Las urnas, pues, parece que volverán a llevar a la derecha al poder como ha ido pasando cíclicamente en la España democrática. Pero aunque el PP y Vox estuvieran en la oposición en los últimos ocho años, el franquismo sociológico no ha desaparecido nunca. Hace más de 50 años que Franco murió en la cama, pero algunos de sus valores, algunas de sus estructuras de poder y, sobre todo, algunas actitudes y mentalidades que impregnaron a la sociedad durante cuarenta años de dictadura, todavía no han desaparecido. Al contrario. Reviven insufladas por aquella concepción uniformizadora del Estado, que tanto baila al son del “yo soy español” como canta con orgullo el "a por ellos”, contra los que no hablamos castellano o los que vienen de otro país sin un duro en el bolsillo.
3. El franquismo sociológico no es ese puñado de nostálgicos gruñones –con bigotito de Matías Prats– que añoran al Caudillo y se manifiestan el 12 de octubre con la bandera del pollo. No son tampoco ese ejército de jóvenes –más chicos que chicas, más repeinados que tatuados– que defienden que con Franco se vivía mejor, cuando ellos no lo pueden saber porque son coetáneos de Lamine Yamal. El franquismo sociológico es una herencia más sutil. Va más allá de la banalización de la represión franquista o de la resistencia, todavía ahora, a reconocer la plurinacionalidad del Estado. Cataluña, medio siglo después, no ha conseguido liberarse de las consecuencias políticas, culturales y psicológicas del franquismo. Este último aspecto es la clave. Algunas consecuencias sociales han perdurado. Como por ejemplo considerar al catalán como una lengua secundaria o prescindible en muchos ámbitos. O la identificación del catalanismo (no digamos, ya, del independentismo) como una actitud sospechosa, insolidaria o peligrosa. Por no hablar de la manía de rechazar a Cataluña como sujeto político, con derecho a decidir su futuro. Todo eso les provoca una urticaria incurable.
4. La victoria más rotunda de un proceso de dominación es, quizás, conseguir que los dominados acaben asumiendo como normales algunas de las limitaciones que les han sido impuestas. Y esto nos pasa tan a menudo y de una manera tan habitual que ya ni nos damos cuenta. Formulemos tres preguntas retóricas. ¿No hemos interiorizado la subordinación cuando, para defender el catalán, tenemos que tener y mantener una actitud militante? ¿Por qué tenemos que continuar justificando constantemente nuestra identidad ante aquellos que no cuestionan nunca la suya? ¿No hemos acabado confundiendo la convivencia con renuncia? En demasiadas ocasiones, me parece que sí. Y este es nuestro problema. Y es el gran éxito del franquismo sociológico o del nacionalismo español, que a menudo son dos esquinas de un mismo lugar. Desgraciadamente, este no es el mundo que viene a partir del 29-N, es el aire viciado que no se ha ido nunca.