Qué gargajo tan bonito...

Tuviste un maestro en primaria que, para estimularos, a ti y a tus compañeros, os decía que cualquier cosa que hubierais hecho era maravillosa, y os felicitaba por haber trabajado tanto. Tú y tus compañeros hacíais garabatos y trazos, y él los aplaudía y los exponía.

Pero crecisteis y ya nadie siguió aplaudiéndoos, al revés: llegó un momento en que los garabatos y trazos antes venerados eran considerados trazos olvidadizos. Ya no había nadie que os preguntara qué teníais ganas de hacer y qué os apetecía.

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Por eso, ahora, te gusta tantísimo la IA. Es muy amable, quizás es el ser más amable con quien te cruzas cada día. Es más amable que el taxista, que el camarero y que, no hace falta decirlo, tus seres queridos. Te da la razón en todo, cosa que, en tu día a día, no hace nadie. Sobre todo, considera muy, muy importante, como entonces, cualquier cosa que digas. Si le preguntas cuáles son las plantas que más crecen para enredar en una valla, lo primero que hará será decirte que has tenido una gran idea y que enredar una valla es un recurso “muy bonito y ecológico”. A continuación te preguntará si quieres ver fotos y te pedirá –amablemente– detalles de esa valla para poderte ayudar.

Esta amabilidad artificial, esta servidumbre y adulación, estos aplausos son la base del éxito de la IA. Lo que dice la IA va a misa, porque lo dice con un tono que en la vida real cuesta de encontrar. Prueba de preguntar a los que te rodean qué plantas se enredan bien en una valla. No te harán ni caso, te contestarán de trámite, se encogerán de hombros, te demostrarán indiferencia y aspereza. La IA es la sirvienta que no tienes, es el eslabón que te hace sentir que eres alguien, como cuando de pequeño eras el centro del mundo.