La guerra como nunca la había visto

Hace dos años la Academia de los Oscar galardonó el documental Veinte días en Mariúpol, del reportero Mstyslav Chernov, de la agencia Associated Press. Junto con el fotógrafo Evgeny Maloletka resistieron veinte días en esta ciudad ucraniana durante el asedio terrible del ejército ruso. Fueron los únicos periodistas que documentaron ese infierno para que el mundo viera la realidad descarnada de aquella guerra. Dos años después, el conflicto continúa, y Chernov actualiza la crueldad del conflicto mostrando la devastación, el agotamiento y el desánimo después de tanto tiempo. En 2000 metros hasta Andríivka, que encontrará en Filmin, el reportero se empotra en la tercera brigada del ejército ucraniano en su intento de reconquistar la ciudad de Andríivka. Sólo deben recorrer dos mil metros: una franja muy estrecha de bosque situada entre dos campos de minas. Es el único camino y es esencial porque les servirá para cortar la carretera que hasta ahora permite transportar los suministros del ejército ruso. Tardarán tres meses en completarlo con un altísimo coste de víctimas.

No es un documental fácil de recomendar por su dureza y crueldad. Chernov mantiene el planteamiento de la cámara subjetiva, no sólo a través de su mirada sino de la de los propios soldados, que llevan cámaras en el casco. El punto de vista sería casi el de un videojuego en el que el espectador se integra en el paisaje. Sin embargo, el contexto real hace que la cámara se convierta en uno más de ellos. La audiencia, más que observar, pasa a habitar esa guerra. Y, por tanto, desaparecen todas las narrativas épicas que el cine ha querido dar a la guerra. Si en las películas de ficción la cámara es un dispositivo organizador y estructurador del relato, aquí la cámara participa del caos y del horror. No hay distancia. Todo es inmediato. El sonido de la respiración y los sustos forman parte de la narrativa. Más que contar la guerra, lo que consigue Chernov es meterla dentro y hacernos partícipes del miedo y la angustia. 2000 metros hasta Andríivka también elimina los tópicos y la idealización que el cine bélico estadounidense ha construido. Puede haber denunciado su crueldad, pero parte de unos espacios y una estética construidos para ser filmados. El paisaje se adapta a la cámara. En este documental es la cámara la que no tiene más remedio que adaptarse a un entorno, donde el único objetivo es combatir y sobrevivir. Las trincheras son agujeros insalubres en los que los protagonistas se agolpan en medio de la basura y la chatarra. Puntualmente, Chernov añade una voz en off que actúa como su pensamiento y que es omnisciente –nos anticipa algunas pérdidas humanas–, un recurso que supone un impacto añadido. Se ve el optimismo y los proyectos de los soldados en breves conversaciones que descubriremos que quedarán truncados. El documental exuda el pesimismo y la desolación del propio autor. El documental, de casi dos horas, puede llegar a hacerse largo y monótono. Pero la guerra es así.