Una guerra sin propósito

Hay guerras injustas, guerras equivocadas y guerras evitables. Pero hay una peor: la guerra sin propósito. Es aquí donde nos encontramos.

Durante décadas, Estados Unidos ha ejercido su poder con una combinación de ambición y prudencia. Han cometido errores devastadores, sí, pero dentro de un marco que exigía al menos una coartada: una narrativa sobre los valores del "mundo libre", una justificación, una mínima coherencia ante el mundo y ante sí mismos. Este marco se ha desvanecido.

Con Donald Trump, la guerra deja de ser una extensión de la política para convertirse en una demostración de voluntad, de poder. No se trata de ganar, ni de construir, ni siquiera de imponer un orden. Se trata de golpear para humillar sin prever las consecuencias a medio plazo. La política exterior trumpista no es imperialismo en el sentido clásico; es una política exterior desprovista de finalidad, una forma de nihilismo que utiliza la fuerza sin preguntarse por qué ni para qué.

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La diferencia no es menor. El imperialismo, con todas sus brutalidades, aspiraba a controlar. Este nuevo modelo solo aspira a intervenir. No hay plan para el después, no hay horizonte, no hay responsabilidad. Solo hay acción inmediata y la satisfacción efímera que la acompaña y que a menudo se manifiesta en la frivolidad de una gracietita de bully en las redes sociales.

Este vacío exterior refleja un vacío interior. La guerra afuera se corresponde con una guerra contra la verdad dentro de los EE.UU. y su administración. El poder ejercido por Trump no se limita a deformar la realidad, sino que la sustituye. Las contradicciones ya no erosionan el discurso: son parte esencial de él. Y cuando la realidad se resiste, se desacredita a quien la explica.

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Lo más inquietante no es el estilo, sino la desaparición de los límites. Durante generaciones, el poder norteamericano estuvo sujeto, aunque fuera de manera imperfecta, a restricciones reales: alianzas, instituciones, opinión pública, legitimidad internacional. Estos límites no hacían el sistema justo, pero sí previsible.

La guerra con Irán no es solo un episodio más en una larga historia de tensión. Es el síntoma de un cambio más profundo: el paso de una potencia que calculaba y tenía un relato sobre valores comunes a una que improvisa. Donde antes había estrategia, ahora hay impulso. Donde antes había miedo a las consecuencias, ahora hay indiferencia y bromas crueles.

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La indiferencia es peligrosa porque el poder sin límites no solo es más agresivo; es también más errático. Y ser errático, cuando se combina con una capacidad militar sin precedentes, deja de ser una debilidad para convertirse en una amenaza sistémica.

Sería reconfortante pensar que todo esto es una excepción, una desviación temporal. Pero Trump no aparece de la nada. Es la expresión extrema de una trayectoria que ha ido erosionando, poco a poco, los mecanismos de contención. La diferencia es que él ya no siente la necesidad de disimularlo.

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Y, al hacerlo, ha expuesto una verdad incómoda: que el poder, cuando deja de justificarse, tampoco se limita. Se despliega sin contención y de manera imprevisible y, por tanto, peligrosa y perdiendo la capacidad de desescalar, que es básica en cualquier conflicto.

La gran paradoja es que el mismo orden que durante décadas permitió a los Estados Unidos proyectar su poder global –con todos sus abusos– también les imponía restricciones. Al abandonarlas, no se ha ganado libertad de acción; se ha perdido sentido y capacidad de gestión de los conflictos. La guerra hoy es una tragedia, pero también una dinámica del trumpismo y ya no se trata de si habrá más conflictos, sino de cuándo y de hasta dónde llegarán. Con total menosprecio por las reglas de juego que se habían marcado después de la Segunda Guerra Mundial y de los desequilibrios posteriores a la caída de la URSS y la irrupción de China.

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Trump tiene una personalidad débil y caprichosa que solo pueden parar la dureza de los mercados y una escalada inflacionista en los EE. UU. Un mes después del ataque a Teherán, la cúpula de los ayatolás ha desaparecido, pero el régimen se mantiene en pie y la escalada regional amenaza con una crisis energética global devastadora. El único que tiene los objetivos claros es Netanyahu y pasan por desestabilizar toda la región sin calcular las consecuencias globales. Para él es una cuestión de vida o muerte y Trump ha caído en una trampa de la que no sabe cómo salir y en la que a cada movimiento puede quedar más empantanado.