Hablar catalán y alguna cosa más
Feliz coincidencia: los dos libros más vendidos por Sant Jordi comparten el hecho de estar escritos con mucho humor. La ficción de Crispetes de matinada es un festival sabiamente administrado de situaciones, conversaciones y pensamientos hilarantes, y la no-ficción de Manual de defensa del català (sí, por desgracia, es no-ficción) se presenta a los lectores con el humor que actúa como la mostaza y el kétchup que hacen digerible una hamburguesa del tipo suela de zapato.
O sea que Regina Rodríguez Sirvent y Òscar Andreu mantienen bien alto uno de los pabellones tradicionalmente altos de la cultura catalana como es el sentido del humor que hace reír diciendo cosas muy serias. Y ambos comparten, también, el hecho de pertenecer a familias donde el castellano ha estado presente en casa pero ha sido en catalán que han escrito y dicho aquello que querían decir.
El uno está escrito desde la felicidad que es posible encontrar (a condición de que no esperemos que nos la traiga el repartidor) y al otro hay que agradecerle que nos haya hecho sentir acompañados pero no en el sentimiento sino, al contrario, recordando lo que decía Pere Calders y que él recoge: “El pesimismo no he visto que sirva para nada [...], el pesimismo es absolutamente inútil y, en cambio, el optimismo me consta que ha servido para salvar un montón de situaciones”. Si a este espíritu positivo le sumamos el grito por el catalán de Carme Junyent (“¡Habladlo!”), ya solo faltarán los recursos económicos necesarios para que se sumen al catalán todos aquellos nuevos ciudadanos que estos días están haciendo cola para tener los papeles. Estamos pasando de la “ciudad hispano-catalana” que cantaba Raimon a la ciudad hispanoamericana-catalana que somos ahora. El trabajo es ingente.