La hija de papá

Por Madrid han colgado unas banderolas con el rostro de la princesa Leonor, que cumple dieciocho años. Es una especie de campaña electoral, aunque a ella, como a todas las cabezas coronadas que aún quedan por el mundo, no hay que votarle. La ordenación jerárquica española, pues, se asemeja más a una colmena de abejas que a un conjunto de seres humanos organizados. “La ceremonia de juramento de la Constitución de la princesa Leonor –decía David Miró en el ARA– es una oportunidad de oro para reconectar con la sociedad presentando una imagen moderna aprovechando la juventud de la heredera”.

Es una paradoja y no les va a salir bien. Si, como miembro de la monarquía, te muestras "moderno" pierdes. No se puede enseñar a un rey en vaqueros, porque entonces el populacho tiende a pensar que es alguien igual que todo el mundo. Y si es alguien igual que todo el mundo, ¿por qué razón tienen que hacérsele reverencias y pagarle los palacios?

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Los jóvenes de ahora, incluida la chica en cuestión, han crecido de otra manera y entienden la autoridad de otra manera. Leonor es –en todo su esplendor– el máximo representante de lo que llamamos “una hija de papá”. Digo “hija de papá” y no “hija de papá y mamá” porque, en este caso, el dueño de la fábrica es papá, que en la monarquía las mujeres están por debajo de los hombres y cobran menos, sin que ningún ministerio de Igualdad diga ni mu. La principal empresa española no cumple las normas de la paridad.

¿Alguien cree que se le puede explicar esto a los adolescentes y se harán monárquicos? Pero los padres de los jóvenes tampoco la consideramos ejemplo de nada. Nuestros hijos tienen un futuro laboral –y habitacional– incierto y ella no. Si la Casa Real quiere que los jóvenes sientan empatía por sus miembros, se sientan identificados, lo que debe hacer es llenar Madrid de banderolas de Froilán.