Hay personas que han nacido para regañar a los demás y hay personas que han nacido para ser reñidas por los demás. Yo soy (quizás como muchos de ustedes) de las reñidas. Nos ocurre que, cuanto más poder o propiedad se nos otorga o nos otorgamos, más reñidos somos. Cuanto más educados, más reñidos. ¿Contratamos a un gestor que nos ayude con las facturas? Nos regañará por las facturas. ¿Vamos a un restaurante que pagamos a precio de secuestro y tenemos poca hambre o mucha? El camarero nos tocará el corteza. Si tomamos un taxi para poder ir deprisa, el taxista nos regañará por no cogernos las cosas con calma. Excepto la señora del Google Maps, todo el mundo nos regaña.
Hoy, queridos lectores reñidos, he puesto en práctica una venganza largamente incubada. Tengo una regaña profesional, estos días, que experimenta orgasmos únicos cuando me reanuda. Lo hace en voz alta, para que le escuchen y sobre todo para escucharse. Hoy me ha explicado cómo debía actuar en una situación que llevo a cabo desde mucho antes de que naciera (y ya me perdonarán el autoedadismo, también). Cuando ha terminado, se ha ido al lavabo. Y entonces me he lanzado en plancha a su ordenador. En Google he realizado varias búsquedas rápidas. Entonces he esperado tranquilamente a que volviera.
Ha vuelto, me ha regañado por cómo llevaba el pelo (al parecer, he vuelto a fracasar con el color) y se ha puesto delante del aparato. Ah, sí... Enseguida, gracias a mis búsquedas, y también a la rapidez tecnológica, le han empezado a aparecer anuncios de piscinas desmontables, de medicamentos para erradicar los piojos y la sarna y de objetos sexuales, entre ellos un pene del todo realista y descomunal, que está de oferta.