Hoy hace dos años que Salvador Illa fue investido presidente de la Generalitat. Su discurso de investidura –su programa de gobierno– quedó eclipsado por la fugaz aparición en el espacio público del president Puigdemont, pero vale la pena revisarlo.Se trata de un discurso bien construido, caracterizado por la promesa de rigor y por la buena voluntad. No evita la referencia a los problemas del país –la pobreza, los resultados educativos, la deriva a la baja de los salarios, el encarecimiento de la vivienda, la debilidad de las infraestructuras para hacer frente al reto climático, etc.–, pero no incluye un diagnóstico; Illa afirmó que los resultados educativos eran malos, que los salarios eran bajos y que la vivienda era inaccesible para demasiada gente, pero en ningún momento explicó el porqué.No resulta sorprendente, por tanto, que resulte imposible de localizar en aquel discurso la terapia propuesta, a pesar de que puede adivinarse que se trataba de poner más dinero a los servicios públicos, de impulsar el crecimiento económico (“decisiones valientes para que Cataluña gane peso”) y de administrar con consensos (“gobernar para todos”, “dialogar con todos”, “pactar con ayuntamientos y sociedad civil”, “ambición pero pragmatismo”, “consensuar siempre que se pueda”, etc.)La materialización práctica de aquellas ideas resultó ser el plan “Cataluña lidera”, presentado medio año después. La idea central era la potenciación del crecimiento económico, y, de hecho, la referencia a “liderar” no parecía sino referirse al objetivo de que el PIB de Cataluña volviera a superar al de Madrid, ya que el sorpasso estaba siendo mal digerido por las élites locales. Dos años después del discurso de investidura es difícil no llegar a la conclusión de que la terapia aplicada está resultando equivocada: Cataluña continúa creciendo muy deprisa económicamente, pero no solo la vivienda, la sanidad y la enseñanza públicas están peor que hace dos años, sino que todo indica que de aquí a dos años habrán empeorado, ya que la población sigue creciendo a un ritmo muy superior a la capacidad de respuesta de estos servicios: ¿alguien duda de que los resultados de PISA de 2025 habrían sido peores que los de 2022 si los centros hubieran excluido solo un 5% del alumnado? En cuanto al servicio de Cercanías –el cuarto pilar del estado del bienestar que ha hecho aguas–, aunque se está trabajando en ello, buena parte de las inversiones no se están concentrando en la potenciación del servicio sino en el soterramiento de vías urbanas, y lo que quedará por hacer cuando finalice el vigente plan 2020-2030 será mucho más de lo que se habrá hecho.
No hace falta decir que el país necesita un gobierno con un diagnóstico acertado de sus problemas y que a partir de este se proponga aplicar una terapia eficaz. Sin embargo, suponiendo que de ahora en adelante Illa acertara en el diagnóstico y en la terapia, tampoco sería posible que los servicios públicos que han hecho aguas mejoren significativamente en los dos años que le quedan de legislatura. Illa pide a la ciudadanía “tiempo y paciencia”, y hace bien de hacerlo, porque los problemas son enormes, pero debería saber que solo concede tiempo quien tiene esperanza, y ahora la ciudadanía no la tiene.A lo largo de su discurso Illa anunció que quería protagonizar “la tercera transformación de Cataluña”, especificando que la primera había comenzado con el regreso del presidente Tarradellas y la segunda con la investidura del presidente Maragall. Si algo caracteriza aquellos momentos históricos era la esperanza de los catalanes. ¿Esperanza de qué? Una respuesta simple es: de ser como los europeos. Hoy los catalanes tenemos la sensación de que nos alejamos de Europa, y los datos así lo confirman: si a lo largo de la segunda mitad del siglo XX convergimos, desde principios del siglo XXI divergimos. Para ser más preciso: nos estamos globalizando y en particular Barcelona ha pasado a formar parte de la red de ciudades europeas, pero este proceso ha ido acompañado de un empeoramiento relativo del nivel de vida del catalán medio.Consideremos el nivel de los alquileres: una vivienda de una habitación, tanto en el centro de Barcelona como en su extrarradio, tiene un alquiler comparable con los equivalentes en París, en Múnich o en Copenhague (unos 1.500€ en el primer caso y unos 1.100€ en el segundo). En cambio, el salario medio del barcelonés es solo dos terceras partes del del ciudadano medio de las otras ciudades (la proporción es la misma si nos comparamos con Zúrich, solo que allí los alquileres son el doble y los salarios más del triple de los catalanes): hemos convergido en precios inmobiliarios, pero no en salarios.En este contexto, ¿puede Illa pedir a los catalanes que tengan paciencia porque su programa nos llevará –otra vez– a converger con Europa?Me temo que para convencernos hará falta mucho más que promesas de diálogo, consensos, pactos y otros buenos propósitos por el estilo.