IA: democratizar el criterio

Ante la irrupción de una tecnología auténticamente disruptiva, las reacciones iniciales suelen ser predecibles. Los posicionamientos oscilan entre dos extremos radicales: la resistencia cerrada para preservar las formas tradicionales, o la delegación absoluta para abrazar el cambio a ciegas, reduciendo la institución de turno a una mera plataforma de contenidos, aplicaciones y algoritmos. Como ocurre casi siempre, ninguna de las dos posturas resuelve un dilema con tensiones perversas, porque la respuesta se encuentra en algún punto intermedio, en un posicionamiento ligado a tres realidades fundamentales y urgentes.

El primer hecho indiscutible es que la inteligencia artificial es, en esencia, una herramienta. Por tanto, nuestro uso marcará la bondad o la maldad. Sin embargo, no estamos ante un instrumento ordinario, sino ante uno que tiene una progresión cualitativa capaz de alterar las reglas del juego a gran escala. El gran reto colectivo es evitar que la IA se convierta en una palanca para profundizar las diferencias existentes o para crear una nueva fractura social, laboral y democrática. Si el acceso, el control, el uso y la capacitación devienen un privilegio nocivo, corremos el riesgo de automatizar la desigualdad económica (el abismo entre ricos y pobres), precarizar los entornos de trabajo y debilitar la calidad de nuestras democracias en un ecosistema ya colapsado por la infoxicación.

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En segundo lugar, la IA generativa, la agentiva y la que pueda venir nos ponen ante el espejo de un problema subyacente: replantearnos de arriba abajo cómo educamos. En un mundo donde el conocimiento factual (no siempre fiable) deviene un bien superabundante, el recurso escaso y valioso pasa a ser el criterio. La aportación de la universidad ya no puede radicar en el resultado o en la respuesta mecánica replicable por cualquier algoritmo. Hay que desplazarnos hacia la calidad de las preguntas, la comprensión profunda de los procesos, la deliberación y el juicio crítico. Si antes de su irrupción la revisión de nuestros métodos docentes era una práctica altamente recomendable, hoy se ha convertido en un imperativo inevitable. Debemos incorporar definitivamente un nuevo peldaño: pasar de saber hacer a saber qué hacer con ello.

Finalmente, la universidad se encuentra en primera línea de esta encrucijada histórica. Tenemos la obligación de ser proactivos en la defensa del legado educativo recibido, pero al mismo tiempo debemos actuar como motores de reforzamiento de una ciudadanía de futuro que no pierda el norte: una sociedad equitativa, crítica, cohesionada y formada. Ante un reto de esta dimensión sistémica, las soluciones de pequeño formato o para públicos restringidos no son una opción válida. Por eso el reto ya no es qué ni cómo, sino para cuántos. Necesitamos escala.

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Esta mirada no es nueva para nosotros, sino que muestra una coherencia absoluta con una trayectoria de tres décadas. Desde nuestro mandato fundacional público, la UOC ha vivido y trabajado en esta frontera singular donde confluyen el conocimiento, la tecnología y la sociedad. Si en los inicios de la era de internet contribuimos a democratizar el acceso a la educación superior, hoy nos toca liderar la repensada de todo el modelo para hacer del criterio una capacidad al alcance de todos. Este modelo hoy ya tiene nombre y está en marcha: la UOC.Ωmega. La elección no es casual. Omega, la última letra del alfabeto griego, evoca el legado humanista del conocimiento clásico, y va detrás de un punto que quiere señalar el umbral de una nueva extensión o versión de la universidad.

Esta proyección implica transitar por una serie de dilemas sin respuesta única ni definitiva, pero que expresan tensiones profundas entre valores, intereses y visiones del mundo. Ya no funcionamos con soluciones universalmente válidas, necesitamos decisiones contextuales, imperfectas y cargadas de consecuencias. Y esto cambia la naturaleza del debate. En este camino, la universidad debe aprender a moverse entre tensiones como el mandato público y la sostenibilidad, la singularidad y el reconocimiento del sistema, la personalización agéntica y la coherencia académica, la automatización y la responsabilidad ética y humana, o el control soberano y la dependencia aceleradora.

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Decidir dónde nos situamos no es nada fácil, porque, según cómo nos posicionemos, ponemos en juego la esencia misma de la universidad y, más aún, de la misma sociedad. Nos jugamos la capacidad y la velocidad del futuro ascensor social educativo. Necesitamos incidir en el diseño de la IA si la queremos inclusiva y sensible en términos de género, si apostamos por una infraestructura digital ética y que hable catalán, si queremos generar espacios de libertad para nuevos diálogos intelectuales y nuevas fórmulas educativas.

El debate va más allá de evaluaciones y absentismos y pide soluciones más allá de diagnósticos y controles. Necesitamos diálogo ciudadano, político y generacional para construir, espacios para experimentar y confianza colectiva para proponer. Y en el ámbito concreto universitario, como el espacio es reducido y el tiempo nos apremia, aquí va la elección: mandato público, singularidad educativa, colaboración agéntica, supervisión ética, gobernanza democrática y escalabilidad.