IA y educación: el gran equívoco

¿De verdad creen que empezaré el artículo repitiendo aquella equívoca vaguedad según la cual el problema no es la tecnología sino el uso que se hace, etc.? De alguna manera lo acabo de hacer, pero en modo sarcástico. Dejémosla a un lado, la vaguedad, porque de lugares comunes masticaditos ya encontrarán en otros lugares. En relación con este asunto, sin embargo, existe una confusión previa bastante frecuente que sí conviene aclarar. Hoy tendemos a identificar la tecnología con algo tan hiperconcreto como los resultados palpables de la digitalización, pero resulta que un violín, por ejemplo, es tecnología (punta) que se ha ido perfeccionando desde el siglo XVII. Una bicicleta o unas gafas son tecnología, y un ascensor, un abrelatas o un frigorífico, también. Los seres humanos somos descendientes de un mono oportunista y violento que no tenía grandes potencialidades corporales, pero que era algo más espabilado que sus vecinos; esto ya lo explicó Desmond Morris en 1967 a The naked ape. Hemos pasado del sílex al silicio, que más o menos son lo mismo y tienen la misma función: completarnos. No le pierdan de vista, ese verbo, porque es lo que guiará el artículo. Sin la ayuda de la tecnología, ningún ser humano puede enfrentarse a un elefante ni correr como una gacela, pero resulta que los acabamos dominando y, según cómo, comiendo. Hasta aquí, el sílex. Pasamos ahora al silicio. Por buena que sea con el cálculo mental, no existe ninguna persona capaz de resolver a una velocidad razonable determinados retos aritméticos sin la ayuda de una calculadora o de algún utensilio similar. La tecnología, por tanto, nos completa.

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Y he aquí que en noviembre del 2022, es decir, hace cuatro días mal contados, ChatGPT irrumpe en nuestras vidas. ¡Pam! No era un superbuscador, no era tampoco una superenciclopedia virtual, no era... ¿Qué era entonces? Pese a tener precedentes, la inteligencia artificial generativa (IAG) representa otra cosa y marca un vertiginoso punto de inflexión. La pregunta clave es: ¿nos complementa o nos suple? Estamos en pañales de un proceso de transformación de recorrido incierto y, en consecuencia, no disponemos de la mínima perspectiva histórica para emitir un veredicto u otro. Ahora bien, he oído comparaciones —digamos— tranquilizadoras que dan algo de vergüenza, del tipo: eso también se decía de las primeras calculadoras, o de los primeros televisores, o de los primeros ordenadores personales o incluso del pobre fax, que duró una tarde. Es cierto que en torno a estas tecnologías se gestaron llamativas hipérbolas; ya se habían proferido en relación al ferrocarril, por ejemplo (se afirmaba que aquella velocidad, inaudita, de 50 o 60 km/h podía tener diversas y graves consecuencias para la salud). Y es cierto que las calculadoras y los ordenadores cambiaron la forma de enseñar y aprender. Sin embargo, esto no significa que puedan compararse seriamente con el impacto de la IAG, entre otras cosas porque va asociada con un utensilio que la mayoría del personal lleva sobre noche y día: el móvil. Nadie iba con un televisor por la calle, obviamente, y tampoco conozco a ningún joven de mi quinta que llevara siempre una calculadora en el bolsillo (ahora hay algún pobrecito que dice: "Pues yo tenía una prima a Gandesa que...") La calculadora te ahorraba el trance de resolver una raíz cúbica; en el vídeo podías ver un documental que ilustraba y completaba la explicación del profesor. La completaba, pero en ningún caso la suplía. Tampoco suplía el esfuerzo del educando, porque para entender la explicación o para resolver un problema —para formarse— no era suficiente con la calculadora, ni con la tele, ni nada por el estilo.

El gran equívoco en el ámbito educativo, pues, es poner en un mismo saco elementos tecnológicos que facilitaban y complementaban el aprendizaje con una herramienta que le suple directamente por la vía de la simulación textual, figurativa, musical, etc. Este equívoco reposa sobre otro que es peor: creer que formar e informar, o incluso formatear, son acciones equiparables. Supongo que existe un vínculo genealógico entre la nueva situación y la típica —y mayoritaria— clase-estafa basada en los marionetas del PowerPoint. ¿El futuro? Un círculo absurdo: tipos que se hacen pasar por profesores declamando un texto generado por el ChatGPT ante chicos y chicas que se hacen pasar por estudiantes y le entregan otro texto simétrico segregado también por la inteligencia artificial. En el fondo de la sala, unos dóciles burócratas entusiasmados porque algunos docentes parecen menos estresados ​​y los estudiantes ya no hacen faltas de ortografía. Ninguna, escuche!