La IA, la música y la condición humana

Soy consciente de la insensatez de que es querer hablar de inteligencia artificial justo la semana del Mobile World Congress, el año en que la IA está el principal centro de interés. Y más si es por decir que una de las mejores cosas que en estos momentos nos aporta es que no sólo obliga a precisar mejor su alcance y límites, sino sobre todo a considerar qué la diferencia de la inteligencia humana. O dicho sin tanto autobombo, cuál es la verdadera especificidad de la condición humana. Hace unos días, en Substrack, Ignasi Llorente sostenía, con mucha razón, que la IA necesita más filósofos y menos informáticos. Es una buena forma de plantearlo. Llorente lo escribía a raíz de la noticia de que Google busca filósofos para incorporarlos a sus equipos de IA, y que no quiere para hacerlo bonito.

El interés por conocer el alcance y los límites de la IA también fue el que hace quince días empujó a la Asociación de Conservatorios de Cataluña a organizar su V Congreso de Pedagogía Musical. Este año estaba dedicado al impacto de la IA en las enseñanzas musicales. Una propuesta particularmente audaz, debido a que de lo que se hablaba no era el papel de esta tecnología en los procesos productivos o en el control de la vida social, como es habitual, sino en la enseñanza de una práctica artística. Y más concretamente, del arte más sublime de todos y lo que, en su más alta expresión, la ejecución en vivo, es siempre irrepetible y lo que más puede trastocar el espíritu. Y, por tanto, también, el arte en el que la IA, en la peor de las hipótesis, podría hacer más daño.

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Afortunadamente, éste no es el caso. La IA puede analizar el arte musical de manera extraordinariamente precisa, y puede ser una buena herramienta complementaria de aprendizaje, pero nunca pondrá en riesgo ni la maestría ni la transmisión de una pasión personal, ni sustituirá al dominio tenaz y paciente de un instrumento, ni podrá competir con la interpretación musical más auténtica. Si se quiere, quien primero desvirtuó su esencia ya fue la industria de la reproducción musical industrializada, en la que la IA ahora ayuda con creces, sí. Pero lo diré con un ejemplo preciso y vivido recientemente: puedes escuchar Let my love be heard, de Jake Runestad, cantado de manera luminosa por Voces8 en el Palau de la Música y que, conmovido, te salten las lágrimas, y después querer escucharles en casa con Spotify... y bueno, de acuerdo, muy bonito, pero ya está. ¿Podría la IA sustituir esta experiencia única e inefable? En ningún caso.

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A raíz de estas reflexiones, quise poner a prueba el Chat GPT y le pregunté si no sentía vergüenza cuando daba informaciones erróneas, si sabría mentir por compasión o si podía sentir dolor. Las respuestas fueron rotundas: no. El chatbot de OpenAI respondió que no tenía sentimientos, que no podía sentir ni orgullo ni culpa, ni podía mentir deliberadamente. Que no tenía conciencia y que sólo procesaba texto y generaba respuestas basadas en patrones de lenguaje aprendidos. Y añadió: "Los modelos como yo pueden simular lenguaje emocional, pero no hay experiencia subjetiva detrás". Todo claro.

He aquí: la IA hace cosas hasta hace poco inimaginables, con precisión cuántica ya una velocidad estratosférica, y que, sin las máquinas, los humanos no podríamos alcanzar nunca. Pero —y esa es la razón de la sustitución imposible— no podría asumir una condición humana sin traicionarse. Esto se debe a que la condición humana se caracteriza, sobre todo, por su debilidad, por su vulnerabilidad, por su limitación temporal. Por su condición mortal. La IA puede simular las emociones, pero no puede sentirlas. No siente vergüenza, ni culpa, ni dolor. La IA está reñida con la lentitud y con algo tan genuinamente humano como distraerse. La perfección que la IA podría alcanzar en una interpretación musical dejaría de conmover precisamente porque no habría margen para el error, no habría la tensión que provoca el riesgo de una mala ejecución ni el escalofrío de un instante apoteósico.

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La mejor hipótesis de todas es que la inteligencia humana aprenda a domesticar la inteligencia artificial, que no se le escape de los dedos, que la incorpore a su favor. En definitiva, que lo aproveche para dar un nuevo salto en el lento y tan extraordinario y positivo proceso civilizatorio que, con todas las limitaciones que se quiera, nos ha llevado hasta dónde estamos ahora. Y, para quienes les da miedo la inteligencia artificial en sus diversas aplicaciones por si algún día pudieran llegar a tener conciencia, deje que les tranquilice con una boutade: que no sufran nada porque, en este caso, lo primero que harían sería lo tan humano de colaborar para sobresalir en bondad... o para competir y destruirse mutuamente.