Entre la impotencia y la esperanza

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Belgrado, 25 de octubre: partidarios de la "lista electoral de los estudiantes" celebran la victoria electoral.
03/11/2026 - 18:01 h
Filósofo

“Las redes no se limitan a reflejar los disturbios, sino que los convocan”. Lo decía la directora, Esther Vera, en su tribuna del lunes, en la cual nos invitaba a reflexionar sobre el destino de las democracias en la era digital, y me apunto. Es evidente que la historia de los medios de comunicación explica y acompaña la evolución de las sociedades. Y lo es también que en la modernidad –cuando las tecnologías de la información se han ido modificando de manera cada vez más acelerada– la idea de cambio está inscrita en el día a día. Por definición, estructura económica, evolución de la comunicación y configuración de las instituciones determinan los procesos. Y de lo que no hay duda es que las cosas cambian con una celeridad que hace difícil la predicción.

Aquí hemos vivido en este sentido un momento de intensidad en el que la catástrofe ferroviaria de Urda ha contribuido a hacer visibles algunos cambios en curso, que apuntan más allá de los discursos convencionales. De repente empiezan a llegar señales que obligan a ampliar la mirada. Estábamos advirtiendo del peligro de que la extrema derecha capitalizase los frutos de un malestar generalizado, que se acostumbra a describir a partir de la vivienda, el trabajo y la inmigración. Pero poco a poco aparecen elementos que no estaban en el guion.

Evidentemente, la idea de la democracia en peligro se había visto reforzada desde que Trump llegó al poder, una expresión idiosincrásica del autoritarismo posdemocrático sin ningún escrúpulo a la hora de dinamitar derechos y valores esenciales. Y en Europa se iban imponiendo indicios en esta dirección, con Francia como centro de atención y con Marine Le Pen acorralando a Emmanuel Macron y consolidando la extrema derecha francesa. El relato parecía escrito y, en esta lógica, el desconcierto creciente de la socialdemocracia, el desdibujamiento de las izquierdas y la segmentación de las derechas, cada vez más presionadas por la extrema derecha, se leía como una radicalización fruto del paso del capitalismo industrial al financiero y digital. Elon Musk y compañía parecían marcar el paso.

Pero he aquí que de repente han emergido algunas señales indiciarias de que alguna cosa se mueve. Y que es poco útil mirar el presente desde los tópicos del pasado. Los factores de mutación de la sociedad nos pasan por delante y nos cuesta verlos cuando empiezan a manifestarse. Y la actualidad nos da pistas. En Francia se vive una oleada de manifestaciones, sin precedentes desde el año 68, que hacen visible el fracaso de Macron, incapaz de gobernar una crisis pensando en los intereses generales. Y eso ha hecho que mientras la extrema derecha lo capitaliza por un lado, por otro haya movilizaciones en la calle que solo coinciden en un punto, pero en uno que no es menor: que no se puede operar políticamente desde la suficiencia. Y el resultado es que los partidos tradicionales de derecha e izquierda lo pagan y que el autoritarismo se empodera.

El desconcierto se traslada a la calle: aquí, hemos visto la aparición de unas movilizaciones convocadas por las redes con el vandalismo –destruir y llevarse cosas a casa– como manera de estar. Inicialmente, se quería sospechar que había alguien detrás, pero lo cierto es que al segundo intento ya se han ido diluyendo. Lo cual significa que dar guerra desde las redes también necesita estrategia y organización.

En todo caso, la realidad es que la política opera desde una posición alejada de la ciudadanía. Se ha visto con la gestión del accidente del AVE por parte del gobierno, que ha hecho el ridículo buscando culpables y que ha visto cómo le caía encima lo peor que le podía pasar: una reputación de déficit de gestión que parece poner punto final al liderazgo de Pedro Sánchez, y que por lo tanto nos deja en manos de la oscuridad de unas derechas españolas alineadas.

Sin embargo, debemos estar atentos a las sorpresas, aunque vengan de lejos. Y en este contexto ha salido una bien singular: la victoria abrumadora del partido de los estudiantes de Serbia, que ha tumbado el autoritarismo heredado del antiguo régimen. Un acontecimiento sin precedentes. ¿Hasta dónde llegarán estos jóvenes empoderados? Ellos han puesto la estrategia, la movilización y la agitación de campaña, y han buscado personalidades más o menos reconocidas para ocupar los puestos de responsabilidad. ¿Durará, esta experiencia? Es curioso que sea de un régimen autoritario de los herederos del comunismo de donde ha salido este gesto de ruptura democrática. Es un tema a seguir.

Todo ello para decir, quizás con un exceso de voluntarismo, que quién sabe si al ciclo regresivo que vive Europa se le empiezan a abrir brechas. Y, si fuera así, la derecha tendrá que demostrar de qué lado está. En todo caso, el PP, en la línea autoritaria, ha dado carta de legitimidad a la extrema derecha dando por hecho que gobernará con ella. Y están convencidos de que la tragedia del AVE les garantiza la victoria. Ahora mismo, lo que es cierto es que el PSOE se ha quedado sin aliento. Del Sánchez de La revuelta al de hoy hay el paso de la audacia a la impotencia.

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