Infamia por puntos

Que un partido con aspiraciones de gobierno como el PP haga una propuesta como el visado por puntos no tiene interés alguno en cuanto a la regulación de la inmigración ilegal, pero sí significa bajar un escalón más del debate público en la deshumanización de los inmigrantes y en el mercadeo miserable de vidas humanas. La ola de propuestas políticas xenófobas, islamófobas, racistas, supremacistas o antiinmigración (podemos considerar estas palabras como sinónimos, o como términos contiguos) especula con las vidas de quienes casi nunca pueden ni protestar en nombre de la supuesta protección de los ciudadanos autóctonos, y aprovecha y promueve sus miedos: barrio, su pueblo, su lengua, sus costumbres, etc. Puede leer el dossier del ARA sobre el miedo, donde encontrará ideas valiosas sobre cómo incide el miedo en la construcción de los discursos de las extremas derechas.

El miedo al inmigrante en realidad no es más que aporofobia, es decir, miedo a los pobres ya la pobreza. Por definición, los pobres no tienen poder y difícilmente están en condiciones de "invadir" nada: eso lo hacen los fondos buitre y las grandes empresas de turismo de masas, que son los que de verdad alteran de forma traumática el tejido económico y productivo, las formas de vida y las fisonomías de las ciudades y los países. Pero los pobres causan rechazo porque actúan como un espejo: reflejan lo que a muchos les da miedo llegar a ser, o volver a ser. Ver las calles llenas de personas que las pasan justas, o flacas, hace temer a muchos que ellos también puedan estar. Como cualquier miedo, no es una idea consciente ni razonada. Pero está ahí, y persiste, más allá de toda forma de raciocinio.

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Como las pandemias, las oleadas ultraconservadoras y xenófobas tienen una evolución y deben llegar a un pico. El repliegue de fronteras cerradas, rechazo al distinto y gusto por el autoritarismo que recorre Occidente parece, por desgracia, lejos de alcanzar ese pico, que cuando llega generalmente lo hace en forma de episodios graves de violencia. Tampoco existe la seguridad de que, una vez pasado el pico, se entre en una fase de descenso: las sociedades que han sido infectadas por el virus populista, intolerante y excluyente no se recuperan fácilmente. Lo vemos en nuestros días atribulados, leyendo y escuchando cómo personas que teníamos por condretas se abandonan al señalamiento del débil ya la tentación fascistoide. Y si no se abandonan directamente, los vemos preparando pistas de aterrizaje.

Tiempo infames, pues, en el que los políticos con menos escrúpulos piensan, tristemente con razón, que tendrán un acceso más fácil y más rápido al poder si negocian al por menor los derechos de las personas. Si siguiésemos su razonamiento, deberíamos proponer la puesta en circulación de una credencial de credibilidad por puntos: a los representantes políticos que mitieran, difamaran y crisparan se les irían restando puntos, y cuando los terminaran pasarían a un departamento de trabajos para la comunidad. Gestionando acogidas de inmigrantes, por ejemplo.

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