Desafío iraní
Irán vive el desafío más grave al régimen de los ayatolás desde la Revolución Islámica de 1979. Las protestas no son nuevas en el país. Desde hace años existe un descontento acumulado y sucesivo que siempre encuentra la manera de volver a tomar las calles. Desde las protestas electorales de junio de 2009 con el llamado "movimiento verde" acusando al gobierno de Mahmud Ahmadineyad de fraude electoral hasta la represión de las manifestaciones contra el encarecimiento por el precio de los alimentos en 2017 y por el precio del combustible en 2019. En la última ola de dis2 seis meses, organizaciones de derechos humanos registraron hasta 500 muertes y más de 20.000 detenciones contra el movimiento "Mujer, vida, libertad", desatado por la muerte de la joven Mahsa Amini.
Cada vez más, la paranoia del régimen sobre las amenazas a la seguridad nacional corre el riesgo de convertirse en una profecía autocumplida.
Esta vez, el malestar de los comerciantes de los bazares de Teherán por una inflación descontrolada ha acabado extendiéndose por todo el país y transformándose en una verdadera revuelta contra un régimen cada vez más débil y violento. Un régimen implantado en 1979, cuando el 70% de los iraníes de hoy aún no habían nacido. El hartazgo por el deterioro de las condiciones de vida es cada vez más transversal. Irán lleva cinco años consecutivos con unos índices de inflación superiores al 30%. En 2025, el encarecimiento de los precios de los alimentos fue hasta el 70%.
El régimen iraní es una arquitectura de poder compleja diseñada para su supervivencia. Pero también es un régimen incapaz, con una economía ruinosa por su mala gestión, corrupción y sanciones. La represión sangrienta de las protestas, que empezaron el pasado 28 de diciembre, ha provocado, en sólo cuestión de días, más de medio millar de muertos y más de 10.000 detenciones.
La brutalidad de la respuesta acelera, aún más, el aislamiento internacional del país, que ya se había agravado significativamente con la Guerra de los Doce Días entre Irán e Israel del pasado mes de junio. Los aliados regionales de Teherán pasan por horas bajas. A la presión para desarmar a Hamás y Hezbolá se suma que su alianza con Rusia ya no es lo que era, porque Moscú ha optado por la diversificación y mantiene líneas abiertas con Irán pero también con Israel, Turquía, las monarquías del Golfo, Egipto y las distintas facciones de Siria y Libia. Ahora, además, años de cooperación petrolera, financiera, industrial y de seguridad con Venezuela han quedado trastocados por la intervención de Donald Trump en Caracas. El destino de Nicolás Maduro también ha acrecentado el miedo a que Teherán pueda sufrir un destino similar. El manual de la mano de hierro que el régimen ha aplicado hasta ahora alimenta el riesgo de intervención militar de un Donald Trump que estudia una respuesta "contundente".
El miedo a posibles represalias militares externas –y su efecto tanto sobre el régimen como sobre los manifestantes– se suma a un desastre económico que aún puede empeorar en los próximos meses. Las previsiones del Banco Mundial calculan un aumento de la inflación de hasta el 60% en 2026. La economía iraní está destrozada por años de sanciones internacionales paralizantes, mala gestión y corrupción. Y la incapacidad del régimen lo fía todo a una represión feroz contra las aspiraciones de libertad que desafían al ecosistema de vigilancia que espía, persigue y reprime cualquier intento de protesta o de expresión mínimamente crítica. Pero las imágenes de la brutalidad, del asesinato de manifestantes, de hospitales desbordados y de altercados en todo el país han escapado del apagón informativo impuesto por el régimen. El ayatolá Jamenei, de 86 años, resiste rodeado de sus defensores más leales, entre ellos el ejército de la Guardia Revolucionaria Islámica, que ahora controla la economía, la política y la seguridad de la República Islámica. El régimen iraní es una concentración de intereses que ha garantizado, hasta la fecha, la supervivencia de una teocracia cada vez más erosionada por la corrupción, la mala gestión económica y el empobrecimiento de una población que pide hoy un cambio de régimen. El sistema está carcomido.