El ingobernable país del Brexit

El Reino Unido post-Brexit se ha convertido en un devorador de liderazgos políticos. Aquel referéndum que ahora hace diez años sentenciaba la voluntad del país de abandonar la Unión Europea se ha acabado convirtiendo en un punto de no retorno. Fue el principio de una fractura que atravesó el canal de la Mancha, pero también la sociedad británica. El Brexit marca el punto donde la política del Reino Unido se volvió ingobernable. Seis primeros ministros en una década. La última víctima es el laborista Keir Starmer, que ha tenido que dimitir solo dos años después de haber conseguido la tercera mayoría más importante de su partido, después de las victorias de Tony Blair. Starmer ha caído víctima de sus correligionarios y de una mayoría que nunca fue suya. Aquel resultado abrumador de julio de 2024 fue, sobre todo, un rechazo contundente al desbarajuste conservador y no un cierre de filas en torno a un político poco carismático que prometía tranquilidad y competencia tecnocrática.

Tras la austeridad, las divisiones del Brexit y la dureza de la covid-19, los británicos esperaban que las cosas pudieran mejorar. Pero Starmer se apresuró a eliminar cualquier brote verde de optimismo y anunció que la situación y los recortes todavía habían de empeorar un poco más. La sensación de victoria duró poco, y la incapacidad del primer ministro de unificar el partido llevó al laborismo a una guerra civil interna que lo ha acabado sacrificando.

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La economía no lo ha ayudado. Según datos oficiales, los efectos del Brexit han supuesto una reducción del PIB británico de hasta un 8%, un descenso del comercio de cerca de un 15% y una caída de un 18% de las inversiones. Y estas cifras coinciden con un momento de proteccionismo creciente e inestabilidad geopolítica global que han profundizado aún más la erosión en la competitividad que ya sufría el país.

Además, Starmer llegó a Downing Street prometiendo restablecer la relación del Reino Unido con la Unión Europea, pero con unas líneas rojas muy concretas: no volver a la unión aduanera, no volver al mercado único y no volver a la libertad de movimiento. Una de las razones que daba el gobierno británico para mantener estos límites es que no quería renunciar a las ventajas de los acuerdos de libre comercio que ha negociado por su cuenta. La realidad de las cifras, sin embargo, demuestra que los acuerdos firmados desde el Brexit con Australia, Nueva Zelanda y la India no compensan la pérdida de PIB consecuencia de la salida del mercado único y de la unión aduanera de la UE. Fuera de la Unión Europea hace frío, y aún más en época de inestabilidad trumpista.

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Hace diez años, el argumentario a favor del Leave prometía “tomar el control”, recuperar la soberanía y redefinir su relación con Europa según sus propios términos. Pero no ha conseguido solucionar ninguno de los problemas que se adjudicaban a la UE: inseguridad económica, globalización desigual, disminución de la confianza en las élites políticas y la percepción de que la toma de decisiones democráticas se ha alejado cada vez más de los ciudadanos.

Pero son sobre todo los problemas de comunicación y la falta de imaginación política y de liderazgo los que han acabado hundiendo a Starmer, incapaz de construir un relato convincente que demostrara que él, a pesar de todo, era la mejor persona para dirigir el país. Es esta falta de valentía la que permitió que un personaje tan oscuro como Peter Mandelson, exministro, excomisario europeo y exembajador, arrestado por sus conexiones con el abusador Jeffrey Epstein, siguiera interfiriendo en la estrategia política de Downing Street.

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Al final el peso de las encuestas se ha impuesto: la impopularidad del primer ministro y la sombra de la ultraderecha del Reform UK de Nigel Farage han acabado forzando su dimisión. Comienza un período de transición que habrá que ver si acaba confirmando al favorito de las bases laboristas, el ya exalcalde de Manchester, Andy Burnham, que ha sabido cultivar una imagen de optimismo, bonhomía y buena comunicación. No lo tendrá fácil.

El periodista Ben Judah ha comparado la situación actual en el Reino Unido con los últimos días de la Cuarta República francesa, cuando el país se volvió ingobernable y la confianza se derrumbó. Hizo falta “la magia” del gaullismo y la refundación de la Quinta República, escribe Judah, para “enmascarar” el fracaso, construir nuevas instituciones e "impulsar la moral nacional": "Francia ya no sería un imperio, pero estaba entrando en un nuevo futuro".

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Como esta Unión Europea que los laboristas continúan buscando para rehacer puentes, el Reino Unido también debe repensar su lugar en el mundo y curar, al mismo tiempo, las heridas internas. Quizás el renacimiento económico regional que ha vivido Manchester pueda traer nuevas ideas para revertir el declive y el daño autoinfligidos del Brexit.