Inmigración: TINA 2.0
La población catalana ha pasado de 6,2 millones en 2000 a 8,2 en 2026. Se trata de un crecimiento extraordinario en el contexto europeo que ha puesto contra las cuerdas el acceso a la vivienda y la escuela; en el primer caso por el aumento de la demanda, y en el segundo por la súbita alteración de la composición cultural del alumnado. No se trata de un cambio completamente imprevisto, ya que en el año 2002 el Idescat hizo públicas unas proyecciones cuyo escenario “medio-alto” ha resultado sorprendentemente acertado, pero también es cierto que aquel dato se situaba entre un “escenario bajo” de 6,7 millones y un “escenario alto” de 8,9.La última proyección del Idescat –publicada en 2024– dice que la población catalana se situará en 2050 entre los 8,1 y 9,9 millones. Se trata de un rango muy amplio, ya que equivale a decir que la población tanto puede iniciar el declive como continuar creciendo muy rápidamente. En este contexto, el documento Proencat, que es el que guía la política de descarbonización, prevé que se situará en los 8,6 millones, por debajo del “escenario medio” del Idescat.No obstante esto, y por las razones que sean, lo que ha hecho fortuna es predecir que Cataluña alcanzará los 10 millones de habitantes de aquí a 25 años. La consejera Sílvia Paneque (“Cataluña pronto tendrá 10 millones”) y la diputada Elena Díaz (“La Cataluña de los 10 millones no es inviable”) han hecho referencia a ello reiteradamente; el presidente Illa también lo ha hecho, aunque de manera más cauta. El diputado David Cid, de Catalunya en Comú, se ha referido a ello como un escenario no solo probable sino deseable (“Somos 8 millones, y si somos 10, mejor”). En cambio, Oriol Junqueras lo ha considerado un escenario menos atractivo (“La prioridad no es ser 10 millones”).Resulta claro que lo más importante que ha pasado en Cataluña en los últimos 25 años es el crecimiento demográfico; mucho más que el Procés independentista, por poner un ejemplo. Obviamente, si en 2050 Cataluña tiene alrededor de 10 millones de habitantes, el crecimiento demográfico volverá a ser lo más importante que habrá pasado. En consecuencia, prepararse para ello (como proponen Illa, Paneque o Díaz) está más que justificado.
Ahora bien, lo que resulta sorprendente es que en nuestro ecosistema político nadie parece inclinado a preguntar a la población catalana cuál es el escenario que quiere. Sobre todo resulta sorprendente en los casos de Catalunya en Comú y de los partidos independentistas.Recordemos que Catalunya en Comú es hija del movimiento 15-M y del lema “no nos representan”, referido a los partidos políticos que habían gestionado España desde la Transición. En contraposición, el movimiento proponía una organización asamblearia y la democracia participativa: las decisiones las debía tomar directamente el pueblo. ¿Por qué, ahora, no se les ocurre a sus dirigentes pedir al pueblo catalán que se pronuncie sobre qué población debe tener Catalunya el año 2050?En cuanto a los partidos independentistas, recordemos que justificaban el referéndum como un ejercicio de “radicalidad democrática”, lo cual implicaba sentenciar que las decisiones transcendentales las había de tomar el pueblo directamente.¿Una idea absurda? El próximo 14 de junio los suizos votarán exactamente esto: si Suiza debe superar o no los 10 millones de habitantes. No creo que debamos perdernos en disquisiciones sobre las probabilidades que tiene este referéndum de prosperar (aunque las encuestas le dan una ventaja significativa, solo se gana uno de cada 10 de los que son de iniciativa popular), ni sobre la personalidad del partido que lo propone (más que sospechoso de xenofobia); lo que importa es que un país de nuestro entorno –este sí que radicalmente democrático– está a punto de hacerlo.Me temo que el obstáculo mental más contundente es una nueva versión del TINA de hace medio siglo. Recordemos que “There is no alternative” (“No hay alternativa”) era una frase que Margaret Thatcher repetía a menudo para justificar el desmantelamiento del sistema socialdemócrata construido desde la posguerra: la desregulación de los mercados y la privatización de servicios públicos. Este argumento fue asumido por la izquierda europea a lo largo de los años 1980: Tony Blair, Mitterrand, Schröder, González, etc., con consecuencias lamentables para las clases populares. Ahora se nos dice que la inmigración es inevitable porque así lo determinan la fertilidad (la nuestra y la de los demás), el cambio climático o las fuerzas del capitalismo global: TINA 2.0. En realidad, y como muy bien explica Hein de Haas en uno de los libros más lúcidos sobre la materia (How migration really works), los migrantes van allí donde se crean puestos de trabajo para ellos. Por eso, y en proporción, por cada migrante que llega al País Vasco llegan dos a Cataluña. Cuánta inmigración recibiremos y qué población tendremos está, pues, en nuestras manos.