La inmolación de Trump

Cada nuevo delirio de Trump remite a la misma doble cuestión: ¿cómo puede que un personaje hecho de insolencia, desmesura y desconocimiento del ridículo pueda haber sido conducido a la presidencia de la —hasta ahora— primera potencia mundial? Lo ha presentado el Partido Republicano, le ha votado una mayoría por segunda vez -es decir, con pleno conocimiento del personaje- y ha venido amparado por buena parte de las élites económicas tecnológicas que condicionan, a través del espacio digital, la sociedad americana. Desde el primer día, Trump ha exhibido su convicción de que está por encima de las leyes nacionales e internacionales, y que sólo tiene un criterio de conducta, que es hacer lo que le dé la gana. No es una interpretación: es como él lo expresa reiteradamente. Y nadie se ha planteado un potencial impeachment. Estados Unidos a remolque de los caprichos de un personaje sin ningún sentido de los límites, convencido de que la libertad —la suya— y la democracia son incompatibles.

Trump ha ido a buscar la complicidad de otro nihilista: Benjamin Netanyahu, quien también cree que los problemas se resuelven matando, violando las reglas internacionales y exhibiendo impunidad. ¿Dónde iremos a parar? Con la violencia se sabe dónde se empieza, pero no dónde se acaba. Si el Trump ganador era ya un peligro, a la desesperada es una amenaza mundial. De momento, ha logrado encender, una vez más, una zona del planeta tan sensible como la que va de Israel a Irán. No hay plan, aparte de la destrucción como modo de desarrollar el poder absoluto y la fantasía que, asesinado el gran ayatolá, el pueblo se levantará y el régimen tumbará con creces. El problema de los nihilistas es que operan con tanta impunidad que les parece irrelevante tener un buen conocimiento de la realidad: su voluntad está por encima de todo. Y por ahora lo que hay es una tensión extrema en una región en la que los fuegos pueden multiplicarse por momentos. Es difícil imaginar el relato que vendrá de esta crisis.

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Como consuelo, circula estos días un deseo voluntarista que dice que estamos ante el último delirio de Trump, atrapado entre el caso Epstein y la fatiga de unos ciudadanos que le han ido viendo el plumero, y que no todos los que lo han protegido están dispuestos a seguir dándole cuerda. El Tribunal Supremo ha dado al fin alguna señal de pararle los pies, cae en picado en las encuestas, y la opinión pública ya no le ríe las gracias. La cuenta atrás habría empezado y él, con su primitivismo, no tuvo otro chiste que un ejercicio de apoteosis machista: cuanto más cruel, más convincente. Con lo que denota un desconocimiento considerable de la ciudadanía, que desea soluciones y no fabulaciones criminales. Con el miedo se puede asustar a la gente, pero no ganársela.

China, potencia alternativa y principal beneficiaria de los delirios de Trump, guarda distancias. Rusia, que lleva años decolorándose y bastante lío tiene en Ucrania, ha optado por el silencio. Y en Europa, Macron, Merz y Starmer, los sumisos habituales, acudieron de inmediato a ponerse a las órdenes trumpianas. La caída del Muro de Berlín pareció abrir las puertas a la libertad. La ilusión duró poco y ahora mismo el número de democracias en el mundo está bajo mínimos. Ha tenido que ser Pedro Sánchez quien marque diferencias con la salida de tono de Estados Unidos e Israel. Trump ya le ha amenazado con cortar todo el comercio con España.

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No cabe duda de que el régimen de los ayatolás es uno de los más nefastos y criminales del mundo, con una ciudadanía atrapada en un fanatismo religioso impuesto a punta de pistola. A muchos nos gustaría que ese régimen cayera. ¿Realmente Trump piensa que con una estrategia de destrucción masiva liberará a la población? Es un remedio al nivel de la enfermedad: decidir lo que deben hacer los demás, a mayor gloria de un ego —el de Trump— que se siente menospreciado en su casa y lo hace pagar al exterior. El mundo, aunque no lo parezca, tiene ciertas reglas, y es evidente que una de las principales es que no se puede asaltar impunemente a un país, con la destrucción como motor de cambio. Si éste es el criterio de la política internacional de la primera potencia mundial, lo único que se conseguirá es reducir más aún el número de democracias. Trump ha llevado a la de su país al límite. ¿Realmente cree que con estos espectáculos bélicos recuperará la confianza de los suyos? ¿Piensa, convencido de que la fuerza lo es todo, que así se ganará a los americanos? Puedo pecar de ingenuo, pero creo que la ciudadanía no quiere guerras. Su belicismo ya le está yendo en su contra.