Movimiento a la derecha y desolación a la izquierda de los socialistas, donde los liderazgos ruidosos de hace cuatro días se están perdiendo en un desdibujamiento general. Con casos canónicos tanto en la política catalana como en la española, aunque con formas y estilos diferentes. Dos ejemplos de cómo las estrellas que parecían que rompían barreras se apagan: Pablo Iglesias, convencido de que con su presencia bastaba, no quiso entender que la política tiene una parte de trabajo pesado y poco vistoso detrás del escenario, le dieron pereza los líos orgánicos y se atascó a la hora de pasar de la retórica a la acción. Resultado: cada día está un poco más fuera de juego. En el caso catalán, Ada Colau, que entró con empuje a la alcaldía, se fue desdibujando como si no encontrara lugar en el mundo de la política institucional y se perdiera en el paso de las ilusiones verbales a la concreción práctica. La deriva de Podemos y Comuns y la consiguiente fragmentación de su espacio, en camino directo a la insolvencia, obligan a interrogarse sobre la llamada extrema izquierda. Y no es solo un problema de Cataluña o de España.
Esta incapacidad de construir espacio a la izquierda hace que quien esté capitalizando el malestar en el estadio actual del capitalismo neoliberal no sea la extrema izquierda sino la extrema derecha, que consigue una influencia creciente sobre la derecha al ritmo de los delirios trumpistas. En el caso español ya es un hecho que el PP y Vox se reconocen como socios. El PP, que todos sabemos de dónde viene, no ha aguantado las embestidas de la extrema derecha. Los guiños de Vox han hecho mella en sectores de las clases medias en momento depresivo. El dirigente del PP catalán Alejandro Fernández lo ha expresado sin escrúpulos en ARA: “Cataluña también necesita la motosierra de Milei” y "no hay duda de que Alianza Catalana se acabará comiendo a Junts”.
La extrema derecha, a pesar de su irregular implantación, aprovecha el tiempo, mientras que la extrema izquierda no encuentra su lugar. Lo vemos también en Francia. En las últimas elecciones municipales, las rencillas entre Plaça Pública, el Partido Socialista y la Francia Insumisa han evidenciado los límites de las izquierdas, más pendientes del vecino que de los adversarios. Y los partidos socialdemócratas tienen dificultades para reconducirse como columna vertebral de una alternativa a la radicalización conservadora. En el fondo, es el concepto de ciudadanía, lo que está en juego.