Los expresidentes españoles Zapatero, Aznar y Felipe González reciben los restos de Adolfo Suárez en el Congreso de los Diputados / REUTERS
05/06/2026
Periodista y activista social
5 min

«El aire es confuso, estancado
de una paz corrompida, de una paz corruptora»
Versos elementales a los catalanes de 1969, Pere Quart

Como un eterno retorno, persistente migraña democrática, vuelven las grabaciones pornográficas, el hedor del alcantarillado, las triangulaciones del fango del subsuelo y el dinero sucio de comisiones. Pasa, sin embargo, que en aguas turbias, llenas de sedimentos tóxicos acumulados, siempre se mezcla todo a la vez, una cosa y la contraria: legitimidad e ilegitimidad, legalidad e ilegalidad, ingenuidad y fanfarronería. Porque, en puridad, parece del todo legítimo –atendiendo la cronología de los hechos– que si un partido y un gobierno se sienten víctimas de las profundidades de un estado que ya acreditaba sobradamente sus oscuridades y miserias, pues intente averiguar actores, dinámicas y arterias. Para denunciarlas públicamente, para anularlas políticamente y para enjuiciarlas criminalmente, claro. No para lo contrario. Porque no es que parezca ilegítimo, es que lo es, radicalmente, pretender que el combate por una pretendida regeneración democrática se haga con idéntica guerra sucia, equipos salvapatrias torpes y, hasta, empleando actores estructurales –Villarejo, de nuevo– de la trama que pretendían desmantelar. Reír para no llorar. Decía Felipe González que "el estado de derecho también se defiende en las cloacas", y podríamos decir, con esfuerzo, que el bipartidismo también se revuelca por aquellos lares. ¿Qué estaríamos diciendo si esto salpicara al PP.A estas alturas de la degradación democrática, ya las hemos visto de tantos colores como para saber que este tipo de conjuras siempre acaban repletas de personajes bien curiosos, poco cuidadosos y bastante bocazas, que tan a menudo pregonan de relaciones, informaciones y contactos que a menudo nunca han existido. Incluso, ingenuos del todo, piensan que saldrán de rositas y nunca dudan de si no acabarán hundiendo a quien pretendían rescatar. Es decir, que desconocen a fondo la alta tecnoestructura policial y militar del Estado. De este Estado dentro del Estado, que siempre ha visto el independentismo como una amenaza, vio en Podemos un riesgo sistémico y piensa que la actual mayoría legislativa es una anomalía a corregir. De otro modo, en otras latitudes de noche y niebla, la opacidad de las estructuras paralelas es recurrente y habitual, y suelen ser muy periféricas –intentando no dejar ni restos, ni rastros ni rostros–. Ni el PP con la Kitchen ni el PSOE con el caso Leire se han esforzado mucho. Otra ingenuidad burda que nos desvela de dónde somos, pero no todavía qué factura pagaremos.La paradoja, en todo caso, es que si todo fuera mentira se entiende la respuesta del PSOE, pero que si todo es verdad, también. Dice el PSOE que los implicados eran "farsantes, oportunistas y resentidos". ¿Seguro? Porque son dos antiguos secretarios de organización –Ábalos y Santos Cerdán– que Sánchez nombró. Entonces, ¿dónde está la trampa? ¿Hasta dónde llega la mancha de aceite? ¿Cuán profundo es el cráter? Sólo hay que remover la hemeroteca para comprobar que volvemos al punto de partida. Ver a Grande-Marlaska cambiar, en menos de una semana, tres veces la versión sobre las conversaciones finalmente confirmadas de Leire Díez con la directora de la Guardia Civil es simplemente demoledor: de negar-las a reconocer-las. Un día, una cosa, y al día siguiente, la contraria. No será por paradojas. La cadena trófica de todo esto es que el último atacado –el PSOE de Pegasus y los infiltrados policiales, ¡vaya por Dios!– se piensa que es el primero. Lo cree ahora el PSOE –que miraba a otra parte cuando las hostias caían sobre Podemos–, lo decía Podemos hace unos años –como si la dureza contra el independentismo no existiera antes– y lo decía el independentismo catalán en 2017 –olvidándose de los años de excepción antijurídica en el País Vasco y de un ciclo largo de represión contra los movimientos sociales catalanes y los nuevos sospechosos criminales, de Julia García-Valdecasas a Núria Pórtulas, o de los Tres de Gràcia a los Once del Raval–. Si nos ponemos a rebobinar, ya sabemos a las claras a dónde llegaremos: a los ángulos ciegos de la Transición. A aquello que anidaba en el corazón del Estado.

Una cosa semejante ocurre con la cadena trófica de la financiación ilegal, que estos últimos días ha vuelto a asomar. De memoria, habría que decir que CiU, Unió y el PSC han sido condenados por financiación ilegal –caso Palau, caso Pallerols, caso Filesa–. Y que sus respectivos secretarios generales o de organización –Oriol Pujol, Vicenç Gavaldà, Daniel Fernández– también han sido condenados en firme por causas de corrupción. Antología del silencio, todo el mundo fue experto en no saber nunca nada de nada. De memoria también, cuando Jordi Pujol preguntó "¿Qué demonios es la UDEF?", le respondió diáfano e inmediatamente José Antonio Zarzalejos: "El Estado". Y añadía: "Porque para enfrentarse al Estado, desafiándolo, hay que atarse los machos y estar limpio como una patena, con los bolsillos transparentes y en disposición de que los servicios de inteligencia pasen el escáner y no encuentren nada que no esté en su lugar".El Estado pasó el escáner y encontró miel y hiel: cuentas andorranas. El mismo estado que ha demostrado ahora cuán deficitaria puede ser una instrucción, cuán torpemente se puede desarrollar un juicio y por qué este país se quedará sin saber nunca qué era exactamente la cuenta 63810, donde el presidente Pujol constaba como titular de 300 millones de pesetas. Lo digo porque temo, presuntamente, que con Rodríguez Zapatero ha pasado exactamente lo mismo: han pasado el detector de metales y algo ha hecho sonar la alarma –de entrada, otro personaje de segunda como Julito Martínez con pagos triangulados–. Doble mención aparte merecerá el caso Zapatero. Una, por la difusa y fina línea que pretende separar el lobby del tráfico de influencias. Dos –añadido que no es jurídico sino político–, porque temo que el expresidente español no tenía ninguna necesidad de sumarse a la obsesión por el dinero.En cualquier caso –evidencia acumulada que no ha servido para nada–, resulta que responder a la guerra sucia con guerra sucia y combatir la corrupción con corrupción es ponerse al nivel del betún de lo que quieres combatir, fondear en la misma arrogancia de quienes creen que nunca serán pillados y comprobar, ocho años después, cómo las causas de corrupción, muchas de ellas avivadas por las extremas derechas, asedian al gobierno que llegó al poder en una moción de censura contra la corrupción. Porque la tarea contra la mancha es mucho más difícil, larga y paciente: a la guerra sucia se la combate con agua limpia; a la corrupción, con integridad; al desencanto, con credibilidad. Al fin y al cabo, si queremos salir por el único vial disponible, que es la profundización democrática en un contexto sucio y brutal de desdemocratización global, el mínimo consenso debería construirse sobre una excepción: que los únicos que deberían poder combatir el fuego con fuego son los bomberos, ante los incendios de nueva generación que lo reclamen. Al menos podemos decir que ellos saben. Para los incendios no forestales, urgen sobre todo cortafuegos y todos los extintores. Y nunca fuegos artificiales ni pirómanos de baratillo. O la verbena de la democracia acabará en cenizas, escombros y polvo. Y en el previsible nihilismo, tan funcional al autoritarismo desbocado, de no creer ya en nada ni en nadie. Encantador.

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