Manifestación de docentes en el Paseo Lluís Companys de Barcelona
05/06/2026
Fundador de la Cátedra de Neuroeducación UB-EDU1ST
3 min

La situación educativa en Cataluña es compleja, y genera emociones intensas, posicionamientos firmes y frustración. En este contexto hay que recordar una idea clave. Cuando aumenta la tensión emocional, disminuye la capacidad de reflexión y la calidad de las decisiones. En situaciones de conflicto, la amígdala cerebral, responsable de las reacciones emocionales, activa respuestas defensivas, mientras que las regiones prefrontales, responsables del pensamiento crítico, la planificación y la toma de decisiones complejas, reducen su eficacia. En otras palabras, cuando nos sentimos amenazados o desatendidos, escuchamos peor, matizamos menos y encontramos menos espacio para construir acuerdos. Por eso, rebajar la tensión no es debilidad, sino posibilidad del diálogo. Los acuerdos estables no suelen nacer de la escalada emocional, sino de la recuperación de un mínimo de confianza que permita escuchar al otro sin renunciar a las posiciones propias.Ahora bien, sería un error reducir el debate actual a cuestiones de ratios, salarios o recursos para la atención a la diversidad, aunque su importancia es indiscutible. Estos elementos son imprescindibles para una educación de calidad, pero no explican por sí solos la complejidad del momento actual ni resuelven todas las tensiones. Hace falta humildad colectiva para reconocer que la educación es un sistema vivo donde interactúan factores pedagógicos, sociales, culturales, económicos, tecnológicos y emocionales. No hay causas únicas ni soluciones simples.En este marco, el debate curricular también debería convertirse en un elemento central. Vivimos en un mundo dinámico y cambiante, y la educación debe servir para empoderar a la sociedad de su protagonismo en estos cambios. A menudo oponemos de manera simplista, y demasiadas veces partidista, memoria y competencias, conocimiento y creatividad, contenidos y motivación. Pero el cerebro humano no funciona así. Las evidencias científicas muestran que la creatividad necesita conocimientos previos, que el pensamiento crítico requiere información y que la resolución de problemas depende de esquemas mentales construidos con aprendizaje. Por eso, los aprendizajes memorísticos continúan siendo relevantes. El problema no es memorizar, sino hacerlo sin comprensión. El gran reto es situar los conocimientos en contextos significativos, conectados con la realidad actual y los intereses del alumnado. La creatividad no sustituye el conocimiento, pero es clave para reorganizarlo y hacerlo operativo. Por eso es igualmente imprescindible.

Ahora bien, la comprensión crítica y la creatividad necesitan tiempo y esfuerzo, a menudo en tensión con la inmediatez actual, que va en sentido contrario. Esto exige repensar el currículum para que permita integrar y consolidar los aprendizajes disponiendo del tiempo suficiente para la reflexión. Planificar muy bien qué hay que saber en cada etapa, cuáles deben ser los puntos de referencia imprescindibles sobre los cuales podamos combinar exigencia y sentido, esfuerzo y comprensión, reflexividad crítica y creatividad. Hay que afrontar una reforma que permita al alumnado y a los docentes disfrutar del hecho de comprender aquello que se aprende.Otra dimensión menos visible pero igualmente crucial es la social, incluida la situación del catalán. En las últimas décadas, se han trasladado al sistema educativo funciones formativas que antes se compartían con las familias y el entorno: educación emocional, convivencia, hábitos, tecnología, prevención de riesgos o inclusión social. Esta evolución responde a necesidades reales y a menudo ha sido positiva, pero ha incrementado las responsabilidades de los centros. Este proceso no ha ido acompañado de una reflexión social honesta sobre los límites y condiciones necesarios, ni de un refuerzo equivalente del papel de las familias. El resultado es una sobrecarga progresiva de los docentes. El estrés sostenido aumenta la fatiga cognitiva, reduce la autoeficacia y limita la capacidad de innovación y adaptación, que es precisamente aquello que más se les pide.

En paralelo, la exigencia hacia los docentes ha aumentado de manera significativa. No es negativo por sí mismo. Una sociedad compleja requiere profesionales formados y flexibles. El problema no es la exigencia, sino que a menudo no va acompañada de los recursos, el tiempo y el reconocimiento necesarios. No se puede pedir más personalización, inclusión, innovación, tecnología y atención emocional sin revisar las condiciones reales de trabajo.En este escenario, ningún actor tiene una respuesta completa: ni la administración, ni los docentes, ni los sindicatos, ni las familias, ni los expertos. Por eso hay que evitar simplificaciones y asumir la complejidad con serenidad. La educación es la inversión social más decisiva, pero necesita menos confrontación y más escucha; menos reacción y más deliberación; menos culpabilización y más responsabilidad compartida, y menos partidismo y más pacto de país. Cuando el cerebro se siente seguro, aprende mejor. Y cuando una sociedad dialoga con calma sobre educación, también aprende sobre sí misma. El reto es avanzar hacia espacios estables de diálogo que permitan abordar esta complejidad con rigor. Se necesita con urgencia una mesa plural que lo haga posible con esperanza, valentía y serenidad.

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