Inteligencia Artificial vs. Estupidez Natural?
Mientras en los Estados Unidos continúan las inversiones multimillonarias en el campo de la inteligencia artificial (IA), parece que también ganan fuerza ideas y actitudes favorables a su regulación pública, incluso en el Partido Republicano. Las elecciones de mitad de mandato así lo han confirmado, al dar lugar a un cambio de mayorías en favor de los demócratas, más partidarios de esta regulación.
Uno de los caballos de batalla de la campaña han sido precisamente los centros de datos de las empresas de IA, que han generado un rechazo considerable en comunidades locales de EE. UU. Hoy se escuchan declaraciones de algunos altos ejecutivos tecnológicos planteando que necesitan una "mejor comunicación" con estas comunidades, y se especula con la posibilidad de que la instalación de los nuevos centros se desplace fuera de EE. UU. ¿Se están volviendo razonables de repente? Situémonos.
En los últimos quince años ha surgido con fuerza toda una galaxia internauta de “teóricos” de la revolución tecnológica actual, algunos de los cuales son asesores o tienen una influencia directa en el actual ejecutivo americano. Uno de los más influyentes, el filósofo británico Nick Land, ha puesto nombre al movimiento: Ilustración oscura (A. Miranda propone una cartografía de este movimiento en Les lumières sombres, 2026, en castellano La Ilustración oscura, publicado por Grup 62). Creo que sería un error no prestarles atención.
El tono general es de una gran confianza en la tecnología combinada con una visión antropológica negativa, mucho más allá del escepticismo liberal clásico, propugnando una defensa del desigualitarismo, una oposición frontal al progresismo —tanto el de carácter social como el de estilo woke al cual ridiculizan—, y también una visión negativa de la democracia, vista como un obstáculo del progreso. Se trata de un movimiento hijo de internet y las redes sociales, muy predominantemente masculino, descentralizado y dirigido a unas nuevas generaciones políticamente desengañadas.
Se trata de un movimiento situado más allá tanto del libertarismo antipaternalista como del populismo nacionalista (MAGA) del primer mandato de Trump (2016-2020). La defenestración de Steve Bannon como asesor de la Casa Blanca resulta significativa del cambio ideológico en el segundo mandato de Trump (2024-2028).
Aunque encontramos referencias a reconocidos pensadores como O. Spengler, C. Schmitt o L. Strauss, no estamos tampoco ante una nueva versión del conservadurismo que hace de la defensa del statu quo, el orden, los valores tradicionales y la estabilidad los pilares del sistema político y socioeconómico. No son reaccionarios tradicionales, sino un grupo de visionarios que propugnan un cambio sociopolítico que signifique una nueva etapa en la historia de la humanidad a partir de la actual revolución tecnológica (IA y postcapitalismo). No es un movimiento nostálgico. El centro de gravedad está situado solo en el futuro.
Algunas de sus ideas centrales no son nuevas. Por ejemplo, la apelación a la “destrucción creativa” del capitalismo. Ya la formuló magistralmente Schumpeter en plena Segunda Guerra Mundial: “Al romper el marco precapitalista de la sociedad, el capitalismo rompió no solo las barreras que impedían su progreso, sino también los arbotantes que impedían su colapso” (Capitalismo, socialismo y democracia, 1942).
Tampoco es nueva la pretendida incompatibilidad entre libertad y democracia (idea con la cual el empresario Peter Thiel se pasea por el mundo). Se trata de una cuestión muy analizada por la mejor tradición liberal (A. Tocqueville, J. Stuart Mill, I. Berlin, J. Rawls, Ch. Taylor) que formula las tensiones de fondo que efectivamente se dan entre aquellos dos conceptos, cosa que, sin embargo, no impide su conveniente articulación en un sistema institucional en el que libertad y democracia marcan una serie de límites y controles mutuos.
Con un estilo desenfadado con referencias desacomplejadas a la ciencia ficción, El señor de los anillos o La guerra de las galaxias, emerge este movimiento contracultural y antisistema que apuesta por el mercado desregulado, un ejecutivo autoritario, un menosprecio del derecho internacional y las democracias que incentivan la corrupción, así como de la prensa y las universidades —vistos como dos factores de la hegemonía progresista—. La apuesta es en favor de una homogeneización cultural y de la preservación de las “jerarquías naturales” de los humanos (el progresismo, dicen, conduce a una antiselección a la baja de grupos sociales).
Así, entienden que es necesario convertir a los Estados Unidos en una empresa con un presidente-CEO eficiente, suprimiendo a la mayoría de los funcionarios y procurando una élite estable (C. Yarvin). También es necesario quitar los frenos morales del universalismo democrático que olvida qué es la naturaleza humana (P. Thiel), y “acelerar” la deconstrucción o autodestrucción del capitalismo en favor de un “transhumanismo de superhombres” (cíborgs) a partir de la fusión de la biología y la cibernética (N. Land).
¿Son estas meras distopías creadas en “garajes” por internautas descerebrados de mentalidad adolescente? ¿Se trata de un peligro ideológico colateral de la IA? Hoy nadie conoce las consecuencias de la IA, ni sus defensores, que se centran en las ventajas, ni sus críticos, que destacan sus riesgos incluso destructivos. Sin embargo, lo que desde la perspectiva de la teoría política puede afirmarse es la falta de calidad de los análisis. En este sentido, otra pregunta sería: ¿es compatible la Inteligencia Artificial (IA) con la Estupidez Natural (EN)?
Nunca se deben menospreciar los componentes irracionales del Homo sapiens. Creo que, atendiendo a buena parte de los mitos religiosos y de las supersticiones habituales que manifiestan incluso personas “leídas y viajadas”, así como sobre todo los comportamientos prácticos de los humanos a través de la historia, tal vez habría que ir cambiando la denominación de Homo sapiens para caracterizar a nuestra especie. ¿No creen?