Irán: el conflicto innecesario
El 1 de marzo de 2026 un portavoz del gobierno de Irán anunció por televisión: “Después de toda una vida de lucha incesante e incansable (...), el líder supremo Ali Jamenei bebió el dulce cáliz del martirio y accedió al Paraíso”. Describió a Jamenei como “el infatigable líder que ha guiado al estado los últimos 40 años” y al acabar su declaración no pudo contener el llanto.No todos en Irán piensan así. Hay ciudadanos que estarían dispuestos a negociar una reducción de las sanciones económicas y un acuerdo con los EE. UU., pero no tienen vehículo para expresarlo. En un estado autocrático, la oposición no tiene la capacidad de expresarse. Menos aún en Irán, donde la oposición es físicamente masacrada, con miles de muertos y decenas de ejecuciones.Khamenei ha sido capaz de anular políticamente a sus adversarios a lo largo de los casi 40 años que ha sido el líder supremo –reformistas a diferente nivel: Rafsanjani, Khatami, Ahmadinejad, Rouhani, Pezeshkian–, y ha consolidado su ortodoxia de intransigencia con el apoyo de la Guardia Revolucionaria Islámica, columna vertebral de un estado policial. El hecho de que el elegido para sucederle haya sido su hijo, Mojtaba, lo confirma.La relación entre los EUA y Israel ha mutado con la administración Trump en una alianza entre iguales. Más allá de la cesión de armamento, munición e inteligencia militar americana desde el nacimiento del estado hebreo en 1948, la alianza entre los dos países para conducir una guerra compartida en el Golfo busca obtener una supremacía política, militar y económica incontestable, que ambos imaginan viable y por la cual Israel lucha abiertamente desde 1967 y los EUA desde los años 80.
Unos –Irán– no quieren ceder porque, si lo hicieran, demostrarían debilidad frente a la oposición reformista en su país, y los otros –EE.UU. e Israel–, porque su sueño de destruir al enemigo está “a punto”. Al mismo tiempo, ambos comparten el temor al fracaso de su política, que tendría consecuencias trascendentes en las elecciones de mitad de mandato de EE.UU. en noviembre y en las presidenciales en Israel antes de fin de año, y que podrían tener como resultado la reversión de la política de agresión contra Irán. Las armas de unos y otros en el conflicto son diferentes: para EE.UU. e Israel, la fuerza militar; para Irán, la geografía, que impide el tránsito marítimo por Ormuz.Una vez desatada la guerra, los beneficios para unos y otros son nulos. El precio del petróleo ha subido de los 70 dólares a los 120 dólares por barril, y esto perjudica directamente a los EE. UU. por la inflación generada y la inestabilidad económica mundial... Para el Irán, el perjuicio sobre su economía es trascendente por la reducción de los ingresos derivada de no poder exportar su petróleo y por el daño directo que implica la consolidación de unas sanciones económicas que limitan sus importaciones.A pesar de esto, el conflicto se mantiene: ni unos ni otros encuentran las razones para explicar la cesión que ambos deben hacer para finalizarlo. Las razones de prestigio e imagen se imponen sobre las de naturaleza práctica.De la misma manera que Occidente ha tenido que corregir el daño que hizo a China en los siglos XIX y XX —con la normalización china, que ha aportado beneficios inmensos al mundo—, es hora de que los EE. UU. corrijan los daños infligidos contra Irán desde hace un siglo. La apropiación del petróleo desde 1908, el golpe de Estado contra Mosaddeq —que lo nacionalizó en 1953—, la dictadura del sha, padre e hijo, de 1935 a 1979, la guerra de Irak contra Irán desde 1980, instigada por Occidente y que causó una gran destrucción material durante ocho años –estimada en 1.200.000 millones de dólares– y unos 1,5 millones de muertos, de los cuales 1 millón eran iraníes... El régimen de Irán es teocrático y cruel, pero en Occidente no podemos criticar al adversario utilizando herramientas similares a las que ellos han utilizado contra nosotros.
Las amenazas del presidente de los EUA contra Irán, como su amenaza diciendo “borraré de la Tierra a Irán en una noche”, son excesivas, injustificadas y contraproducentes para conseguir el fin del conflicto. Hasta enero, las sanciones las sufría Irán y tenían un coste moderado para los EUA y la UE. Ahora el coste está creciendo y se está haciendo progresivamente menos tolerable. La presión ya no recae tan solo sobre Irán, sino sobre los EUA. Y es justo antes de cambiar de estrategia que se utilizan las razones más extremas para no hacerlo.Para los EE. UU., las líneas rojas son demostrar que ha “ganado” la guerra; para Irán, que se levanten las sanciones. La primera supone una declaración diplomática; la segunda, un cambio en las relaciones comerciales. Ambas exigencias se pueden argumentar sobre la base de no causar daños a terceros –no directamente participantes en la guerra, como Omán, los Emiratos, Arabia Saudí, etc.– y se pueden modular con la variable del tiempo, que lima las aristas y disimula los hechos.Ideas de pacificación: los EE. UU. podrían delegar el control de las armas y del uranio enriquecido iraní a Reino Unido y Francia, y del comercio del petróleo a los consumidores en función de la importancia que representa para sus economías. Esta medida haría intervenir a China y podría justificarse como una concesión de los EE. UU. a la paz mundial sin contrapartida. Es una hipocresía, porque los EE. UU. son los causantes del problema, pero lo que importa ahora es acabar la guerra... El inicio de la paz debería ser un alargamiento de la tregua, sin más explicaciones, y un “aparcamiento” de las cuestiones más espinosas, como el uranio y los misiles iraníes. Una vez que el conflicto saliera de los focos de la actualidad, la solución podría venir por la vía del pragmatismo. Las dificultades están en las formas, no en el fondo, y los EE. UU. saben, a pesar de las afirmaciones contrarias del presidente Trump, que han iniciado una guerra que no pueden ganar. Y hay precedentes: Corea, Vietnam, Irak, Afganistán...