Irán, un nuevo capítulo en la guerra eterna de Oriente Próximo

Robert Fisk (1946-2020) fue, durante tres décadas, el más influyente, informado y criticado corresponsal extranjero en Oriente Próximo. Estuvo en todas las guerras de una región siempre en guerra. En 2005 publicó La gran guerra por la civilización, unas voluminosas memorias (1.511 páginas en la edición española) que, en el penúltimo párrafo, contenían una frase melancólica: “En Oriente Próximo, la gente vive su historia pasada una y otra vez, cada día”.

Desde la caída del imperio otomano, tras la Primera Guerra Mundial, y la breve colonización franco-británica, dentro de la cual se puede incluir la creación de Israel (1948), esa bisagra entre Oriente y Occidente ha permanecido en ebullición. Fue un campo de batalla durante la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética y ha seguido siéndolo después, por el empecinamiento de estadounidenses e israelíes en redibujar el mapa regional. Sus regímenes políticos, sin excepción, figuran entre los más abominables del planeta.

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Cada una de las guerras suscita encendidos debates entre quienes las ven de lejos. Los europeos, por ejemplo. Cada una de las guerras es olvidada en cuanto comienza otra. ¿Cuánta gente se enteró de que la invasión de Irak por Estados Unidos duró hasta el año pasado? Da igual. Podría decirse que todas las guerras son una misma guerra inacabable.

Tomemos el hilo por el extremo iraní. En 1901, el financiero británico William D'Arcy se hizo con una concesión para explotar el petróleo de Irán. En 1914, la empresa de D'Arcy fue adquirida por el gobierno británico. En 1933, la concesión petrolera fue renovada por 60 años bajo condiciones draconianas para los iraníes. En 1951, el Parlamento de Teherán acabó con la monarquía absoluta del sha y eligió como primer ministro a Mohamed Mossadegh, quien nacionalizó el petróleo.

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Acto seguido, Londres y Washington orquestaron un golpe de Estado que derribó a Mossadegh y restauró tanto la monarquía absoluta como el dominio de las petroleras occidentales. La resistencia al colonialismo se refugió en la religión.

En 1979, una revolución islamista dirigida desde París por el ayatolá Ruhollah Jomeini y, en su inicio, disfrazada de progresismo, acabó con el sha y con las concesiones petroleras. Washington empujó entonces a uno de sus títeres regionales, Sadam Hussein, dictador iraquí, a invadir Irán. La guerra duró ocho años y causó medio millón de muertos. Sadam usó de forma intensiva el gas sarín (un arma de destrucción masiva) que le proporcionó Estados Unidos. Quince años después, Estados Unidos invadió Irak para, supuestamente, acabar con sus armas de destrucción masiva.

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La guerra de los cien años (o más) en Oriente Próximo tiene por el momento un único ganador, Israel. A los palestinos no les queda ya esperanza. Siria se ha librado de una dictadura atroz al precio de una guerra civil devastadora. Irak, tras la invasión y la posterior guerra civil, ya no sufre a Sadam pero no sale de la ruina. Líbano se ha hundido en el abismo. Han surgido una y otra vez feroces movimientos islamistas, creados a veces por Estados Unidos (Al Qaeda en Afganistán), otras veces por Israel (Hamás), otras veces por el colapso político y social (el Estado Islámico en Irak y Siria).

Robert Fisk asistió a esta cadena de desastres. Entrevistó tres veces a Osama Bin Laden. Se hizo más y más escéptico. Dudo mucho que aplaudiera la nueva guerra de Estados Unidos e Israel. Sería pesimista, supongo. El propio Donald Trump reconoce que tras el ataque, y la muerte del ayatolá Alí Jamenei, líder supremo iraní, el régimen de Teherán podría desembocar en “algo peor”.

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Sólo una cosa es segura: cuando en Europa y Estados Unidos dejen de oírse gritos de “no a la guerra” o “sí a la guerra”, y el debate político se desplace hacia los precios del petróleo o la inflación, Oriente Próximo seguirá en llamas, sufriendo “su historia pasada una y otra vez, cada día”.