La isla de Epstein

La idea de unas élites depravadas que se reúnen en una isla, un castillo o cualquier otro lugar secreto para entregarse a placeres aberrantes mientras rigen el destino del mundo es antigua y arraigada. La desclasificación, a finales de la semana pasada, de una tongada de documentos (miles de correos y archivos audiovisuales) de la carpeta del magnate Jeffrey Epstein, por parte del Departamento de Justicia estadounidense, ha supuesto un incendio en las redes sociales y en los seudomedios de los influenciadores y los falsos periodistas de todo el mundo. También ha hecho explotar la imaginación macabra de miles, o millones, de perfiles anónimos, reales y ficticios, que deambulan por los submundos de internet buscando o divulgando carnaza y basura. En los Epstein filas, los archivos de Epstein, han encontrado a querer, y los, digamos, creadores de contenido, después de haber pensado (pero no digerido) la escampadiza de crímenes repugnantes que se refleja en los documentos reales, han contestado con una regurgitación de elucubraciones tanto o más malsanas que las de la maleza. El resultado es que, estos días, entrar en las redes sociales se asemejaba a un festival de horror gutural, y ofrecía motivos para inquietarse —una vez más— ante una sociedad adicta a los estímulos, que tan pronto necesita dejar caer la lagrimita con historietas lameadas y cursis como llevarse a continuación, o al mismo tiempo, o sobre ella, o al mismo tiempo. Muchos se han recordado, a la vista de lo que dicen o sugieren los archivos Epstein, de una película extrema como Salón o los 120 días de Sodoma, de Pasolini, que a su vez remite a la obra del marqués de Sade y al mundo oscuro de los libertinos. Otros han vuelto a pensar en Eyes wide shut, la última película que rodó Kubrick, y que adaptaba La ronda y Historia soñada, de Arthur Schnitzler.

Sin embargo, como dicen que dijo Mark Twain, el hecho de que yo sea paranoico no quita que me persigan. Es decir: el hecho de que muchos desbarren en las redes sociales no invalida las evidencias de que, en la isla de Epstein, una larga lista de poderosos y de celebridades se reunían para celebrar orgías que incluían pederastia, violaciones y torturas, y posiblemente también rituales, asesinatos y prácticas macabras como el vampirismo. Epstein y, de su mano, Trump representan a la perfección la obscenidad del poder, una idea que nos viene, como mínimo, de los césares romanos y otros emperadores de la Antigüedad, que consumían carne y sangre humanas para demostrar la completa impunidad de su poder absoluto, la libertad salvaje y demoníaca de quien puede disponer contradecirlo. La única buena noticia es que el pus de esta bofega salga a la superficie desde el Departamento de Justicia, porque quiere decir que Trump y el trumpismo no controlan todavía toda la administración ni, por tanto, todo el poder. Los índices de aprobación y popularidad del presidente degenerado son de cada día más bajos, y las elecciones de medio mandato de noviembre están de cada día más cerca. La democracia debe detener a Trump.