¿La izquierda tiene proyecto político?

Se celebró, hace unos días, el encuentro progresista mundial en Barcelona, bajo los auspicios y el liderazgo de Pedro Sánchez. Sin duda, un éxito de convocatoria que reafirma la constitución de un bloque político de defensa de los valores democráticos y progresistas frente a los avances del discurso populista que lidera Donald Trump. La socialdemocracia y la izquierda del Sur Global se hicieron oír en un acto que tuvo una gran carga simbólica de reempoderamiento progresista frente al caos, el reaccionarismo y el belicismo que parecen dominar la política actual. El foro resultó relevante, una llamada de atención y una levantada de bandera de la izquierda frente a la deriva derechista que parece dominar tanto en España como en el mundo. Fue la certificación del liderazgo de referencia de Pedro Sánchez frente al trumpismo, la guerra y la hegemonía de Israel en Oriente Medio. Reforzó el papel de España, con carácter de referente, para aquellos que consideran la desigualdad creciente y la exclusión social como grandes dinámicas a combatir en la política actual.Sin embargo, tras el éxito de convocatoria, la enorme trascendencia que los medios dieron a la Global Progressive Mobilisation, su carácter significativo y el establecimiento de un relato alternativo, todo quedó en el ámbito de lo simbólico. No hay una relevancia a considerar en el plano de la política aplicada. Cumplió su papel en la actual política, entendida como un juego de declaraciones y contradicciones que nos domina, pero no tuvo ningún efecto práctico y tangible. Seguramente no era el lugar. Tampoco la izquierda que se reunió proporcionó un mensaje nuevo, un discurso renovador, un programa de izquierdas a aplicar en los próximos años. No se puede negar que la socialdemocracia ha perdido muchos apoyos en las últimas décadas, tanto en Europa como en el mundo. Desde los años noventa, fue cambiando de “sujeto histórico”, desplazándose de los trabajadores y los sectores populares, los que más necesitaban un reequilibrio de fuerzas en el capitalismo, hacia el descubrimiento del patriciado y las clases medias urbanas y universitarias. El actual predominio conservador, aliado con la antipolítica de la extrema derecha, tiene que ver con un discurso que atrae a un antiguo electorado de izquierdas que se ha sentido abandonado, y también traicionado. Los que querían y necesitaban un proyecto de cambio, de transformación profunda, de un sistema que los empobrece o bien los expulsa, han sentido que quienes debían hacerlo no los representaban. Y sobre todo que, una vez en el poder, en nombre del pragmatismo y la realpolitik, ejercían de alternancia, que no de alternativa, y hacían más o menos las mismas políticas que los liberales-conservadores, y que no ponían en práctica, ni en forma ni en fondo, ningún programa de cambio creíble.

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La izquierda en general y la socialdemocracia en particular se han desacoplado de la realidad de este 30% que vive o roza la exclusión social y económica, carente de expectativas y de un panorama político esperanzador, y que, o bien se ha despolitizado y no participa, o bien hace sentir su humillación apostando por la antipolítica. La izquierda parece resignada a ir lanzando señales, compitiendo por el voto centrista, si no conservador; es decir, abandonando por completo cualquier pretensión transformadora y cualquier intento de autocrítica y de reaproximarse a las clases populares. No es solo una cuestión de votantes, también es de falta de cuadros y de militantes. En España, los partidos socialistas han perdido en pocos años la mitad de su militancia, a pesar del carácter vitamínico que acostumbra a tener el hecho de ocupar el poder. Tienen que recurrir a tecnócratas porque a menudo no disponen de gente cualificada para la gestión política. La ideología, los planteamientos políticos sólidos y los programas de futuro se aguaculan en discursos basados en la inmediatez y en relatos ideados por politólogos y no por personas con compromiso político.Detrás del éxito del foro progresista barcelonés no se entrevió ningún proyecto político de futuro, ningún planteamiento emancipador, ninguna medida profunda para atacar la dinámica desigualadora creciente del capitalismo, ningún decálogo para mantener y ampliar los servicios públicos, ningún proyecto esperanzador para articular a todos aquellos ciudadanos que quieren y necesitan cambiar la dinámica espantosa del mundo actual. No se oyó autocrítica ni propósito de enmienda, no se expresó voluntad de reconectar, recuperar, a los grupos sociales viejos y nuevos que requieren una izquierda con pretensiones de transformación. Que es lo que ha dado sentido, históricamente, a su existencia. En Barcelona se manifestó una defensa de los valores de la democracia y de la libertad. Básico. ¿Se sabe, sin embargo, hacia dónde se va? ¿Se dispone de un proyecto —un programa— y una estrategia de futuro?