Lecciones del siglo XIX para el siglo XXI

Es frecuente, estos días, escuchar que las tropelías imperialistas de Donald Trump y Vladimir Putin nos retrotraen al siglo XIX. Pero, al margen de las cuestiones imperiales, se dan otras semejanzas con aquel siglo, quizá más profundas. La primera mitad del XXI es, como la primera mitad del XIX, una época de romanticismo y miedo, de avances tecnológicos y crisis sociales, de desconfianza en los sistemas parlamentarios y capitalismo desbocado.

No es muy arriesgado afirmar que el acontecimiento más importante del siglo XIX son las revoluciones europeas de 1848. Karl Marx estudió la ocurrida en Francia, entonces foco de la innovación política mundial, y utilizó términos muy peyorativos para describirla en su obra El 18 de brumario de Luis Bonaparte. Marx comparó 1848 con la Revolución Francesa de 1789 y acuñó, parafraseando a Hegel, una frase célebre: “La historia ocurre dos veces, la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa”.

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Ciertamente, los acontecimientos de 1848 desembocaron, en Francia, en la elección como presidente de Luis Bonaparte y, en 1851, en el autogolpe por el que se proclamó emperador. Lo único grandioso de quien eligió llamarse Napoleón III era el apellido de su tío y los comentaristas más destacados del momento, desde el propio Marx a Víctor Hugo, le describieron como hoy suele describirse a Donald Trump: un payaso ambicioso, ególatra y grandilocuente.

Las revoluciones de 1848 tuvieron un alto componente proletario y la amargura de su fracaso fue, quizá, lo que llevó a Marx a un error de apreciación. En 1789 la burguesía se hizo con el poder. En 1848 el poder burgués fue desafiado por primera vez. No hubo repetición ni “miserable farsa”, sino un fenómeno original y trascendente.

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Desde principios del siglo XIX se había impuesto en el continente europeo (hegemónico entonces) la revolución industrial iniciada en Gran Bretaña. La competencia y la guerra de precios entre empresas, los avances tecnológicos (desde la locomotora al telar mecánico) y la creciente urbanización estaban empobreciendo y precarizando el trabajo manual. Con la caída del antiguo régimen habían desaparecido los mecanismos tradicionales de protección de las clases trabajadoras (gremios, terrenos comunales, etcétera) y aún no habían surgido otros, como los sindicatos.

En su libro Primavera revolucionaria (2024), el historiador Christopher Clark describe (mejor que Marx) el contexto en que se desarrollaron las revoluciones de 1848. La miseria y la precariedad laboral, con hombres, mujeres y niños haciendo jornadas extenuantes en las fábricas, se combinaron con el nacionalismo y el idealismo romántico, la irrupción de la prensa como medio de comunicación de masas y el aumento de la desigualdad.

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¿Qué ocurrió en París? Que ni la gran burguesía ni el proletariado se sintieron representados por la Asamblea Nacional creada tras la caída en 1848 del “rey ciudadano”, Luis Felipe de Orleans, y la proclamación de la Segunda República. Paradójicamente, los dos sectores sociales más opuestos coincidieron en rechazar el parlamentarismo y colocar en el poder a un “hombre fuerte”, Luis Napoleón, al cabo de poco Napoleón III, en cuya administración abundaron quienes pocos meses antes eran revolucionarios.

Como ahora, los más ricos y los más pobres se decantaron igualmente (eso enfureció a Marx) por un gobierno, el de Napoleón III, autoritario y reaccionario: véase el actual auge de la ultraderecha. Como ahora, faltaban referentes ideológicos válidos (términos como “socialismo”, “liberalismo” y “comunismo” sólo se popularizaron en la segunda mitad del siglo XIX). Como ahora, los ricos se hacían cada vez más ricos y los pobres (incluyendo la clase media asalariada), más pobres. Como ahora, la vivienda era un lujo inaccesible para la mayoría. Como ahora, el capitalismo carecía de límites y controles. Como ahora, los ideales democráticos parecían derrotados. Como ahora, el belicismo y el imperialismo dominaban la relación entre naciones.

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La historia no se repite. Simplemente continúa.