Los lectores de la mitad de los libros

Los labradores de letras somos invitados, por los alrededores de Sant Jordi, a hablar del adminículo de pasta de papel que hemos tenido la alegría y osadía de cometer. “No he acabado el libro”, me dijo, disculpándose, en Basté. Conozco autores que se ofenden o se disgustan si el periodista no los ha leído. ¿Pero es necesario que el periodista haya leído un libro, visto una película, escuchado un disco o ido a un restaurante para hacer la entrevista al autor? A mí me parece que no es necesario. Que, a veces, es, quizás, deseable. Los periodistas culturales a menudo hacen esta broma: “Somos lectores eternos de medio libro”. Mañana tendrán otro, y pasado mañana otro. Los libros han de ser disfrutados con calma (sin eternidad) y ser abandonados si es necesario, que a veces es necesario, como las series. Las preguntas del periodista no han de ser necesariamente sobre el argumento. A mí me parece que una entrevista a Melville (Melville me encanta) no debería ir sobre cetáceos, aunque, claro, en un día como hoy le preguntaríamos por este vídeo extraordinario que veíamos en el ARA, donde se demuestra que las ballenas, madre mía, se ayudan entre ellas para parir. Las entrevistas son anuncios, y da igual si el autor habla de su infancia o de lo que piensa de Donald Trump.

Otra cosa es una entrevista literaria, en un club de lectura o una universidad. Entonces las motivaciones de tal capítulo o la construcción de tal personaje sí que son pertinentes. Pero en una radio o una tele, a veces es mejor que el entrevistador no haya leído, para que haga preguntas lógicas. Por lo que respecta al autor, no es necesario que diga, todo complacido, que “no quiere explicar nada para no hacer spoilers”. Podemos, de nuevo, leer Moby Dick sabiendo qué pasa al final. Siempre recuerdo un gag que me hacía llorar de risa, de los Hermanos Calatrava: el uno cantaba Un ramito de violetas; el otro iba diciendo: “¡¡¡Es el marido!!!