Lecturas obligatorias prohibitivas

Aviso para náufragos y otros productos derivados del naufragio existencial: este artículo está basado en flotadores reales. Comienza en una isla en movimiento. Hora zulú. Septiembre 2026. Interior día. Transporte público de Barcelona (podría ser otro espacio-tiempo de la agria Cataluña). El niño (9 años) se sienta en el suelo como una roca del calcolítico superior. La madre: “Ay, cariño, ponte de pie, que el suelo está sucio”. Niño roca: “¡¡¡No quiero!!!” (Frase única, como un misil destructivo sonoro expansivo.) Más madre: “Ay, cariño, que está sucio, no puede pasar la gente, ay, que los pantalones, ay, ay, ay….” Operación diálogo y más diálogo. Resultado final del trayecto: el chaval no se movió ni un micrómetro. Ni lo hará en los próximos mil años. Siglo I de la roca humana.

No, amigos submarinistas. La madre no hizo aquello tan natural, básico, pedagógico, educativo, racional, real de pulsar el botón nuclear: “¡¡¡Levántate en 3, 2, 1!!!” (Otro siglo I de padres subarrendados a hijos okupas empoderados.) Ni lo hará nunca. Ni cuando tenga 10, 15, 20, 30… El niño piedra no se moverá nunca. Y hará chocar a todo y a todos. Impactará siempre con la vida. Son criaturas meteorito. Todo va contra dirección. Todo contra ellos. La ciudad, el país, el planeta, el universo…. Y en el espacio-tiempo de la escuela hacen lo mismo. No me muevo. No hace falta creer. No hace falta leer, escribir, multiplicar, estudiar, callar, respetar, ordenar… No hace falta nada. Solo hay una pedagogía: “Yo no soy tontoPorque-yo-lo-valgo” (inmersión lingüística castellana, claro, claro). Yo-yo-io-io. Es el único movimiento de la cantera.

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El chaval rocoso, granítico, pétreo, que habrá pasado todos los cursos, y discursos, de la pedagogía del bla, bla, bla… con cum laude felicidad. Con excelente-detergente-no-queremos-problemas-conflictos-traumas-malos rollos-ni-nada-de-nada. Llegará a la universidad, a la luna o a la alcantarilla loft-start-up de al lado de casa. Y la finalizará. Y quizás incluso será maestro y enseñará esto a otros niños. Que también les habrán enseñado antes esto en casa, en el tren, en restaurantes, lavabos, búnkeres, transportes… Y el hámster continuará en la rueda, dando vueltas y vueltas, sin ir a ninguna parte, y escupiendo pipas como una ametralladora de protesta defensiva. Prohibido prohibir. ¡Viva el pan, el vino y la madre que me parió! Freedom yo!

Un día, cualquier día, el menos pensado, la gente, la sociedad, empieza a reventar –no precisamente de felicidad– como una bolsa de basura, y se pregunta: ¿qué pasa?, ¿qué está pasando, hermano, bro, pro, ro, ooooo? Y mucha chavalada no sabe hacer la o con un canuto (tranquilos, es tradición, herencia, transmisión: como sus padres). No cortan ni pinchan. No pueden hacer de lobo ni de oveja. No saben sonarse. No saben hacer nada. No sirven para nada. Y todo empezó aquel día. ¿Lo recordáis?

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El día que todo dejó de ser obligatorio. No tiene que haber lecturas obligatorias. Como no tiene que haber nada obligatorio. Nada. Por favor, más pedagogía de nada obligatorio. Luchemos contra la dictadura, la opresión, la represión, el fascismo educativo. Porque la vida, ay la vida, no es esto… Porque todas estas criaturas decidieron venir al mundo libremente. ¡Zas! Pulsaron un botón y salieron de la panza de su madre. ¡Magia! Como todo el mundo sabe y es profecía. Y también morirán cuando ellas lo decidan. Y si hace falta acabar con todos los que lo impidan por el camino, lo harán. No está escrito, ni leído, en ninguna parte. Pero es una obligación del yo-yo-yo.