La lengua de la libertad

Bastaría con este eslogan para responder a las constantes (y amables) sugerencias para que el catalán trate de hacerse una lengua más "simpática". La argumentación, como es sabido, parte del malestar de algunos sectores (casi siempre hispanohablantes) por la existencia de medidas coercitivas, o sancionadoras, para proteger el uso de la lengua propia. Lo dicen, por supuesto, por nuestro bien y por el bien de la lengua. No tenemos ninguna duda. Pero como corresponde responder con la misma empatía y con la misma buena fe desinteresada, aquí viene un enésimo intento. Ya no por justificar las coerciones o sanciones, sino también por justificar el deseo de primacía: y es que el catalán no es una lengua cualquiera. No es sólo oficial. Ni siquiera es propia. También tiene un valor universal, por sí misma, que es el hecho de poder identificarse como la lengua de la libertad.

De entrada, el catalán nace y se desarrolla en un espacio político singular dentro de la Europa medieval, asociado a formas de gobierno pactistas, a instituciones representativas tempranas ya una cultura jurídica que pone límites al poder: mientras nace, de hecho, los condes catalanes se emancipan de la corona franca. Después se convierte en la lengua de Les Corts, de los consejos municipales, de los contratos mercantiles y de la literatura civil, pero no se impone desde un centro imperial. Ni siquiera desde una voluntad uniformizadora: se extiende con el comercio, el derecho, el autogobierno, la tradición. Crece de forma orgánica con la libertad de sus hablantes, no contra ella.

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También lo es por razones geográficas. El dominio lingüístico catalán es de paso, de intercambio, mediterráneo, conectado. Puertos, rutas comerciales y migraciones han hecho del catalán una lengua acostumbrada al contacto, al mestizaje ya la incorporación del otro. A pesar de su reducido territorio ha sido siempre permeable, capaz de absorber influencias sin renunciar a la continuidad. Lo volvió a demostrar durante la ola inmigratoria de los años 60 y 70, y lo consolidó durante las décadas posteriores (ahora veremos si somos capaces de nuevo). La identidad, en nuestro caso, no se construye a pesar de estar abiertos, sino precisamente por estarlo. "Sois una gente muy cerrada" es, por tanto, una expresión injusta: en todo caso, somos una gente escarmentada. Obsesionada en sobrevivir. Autoprotegida. Eso sí.

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Tercero: el catalán nunca ha sido patrimonio exclusivo de una clase dominante. Ha sido lengua de campesinos, artesanos, burgueses, obreros e intelectuales. Ha sido lengua familiar y lengua pública, lengua callejera y lengua de cultura. Esta transversalidad explica que, incluso en contextos de represión, haya permanecido viva gracias al uso cotidiano, voluntario y persistente de la gente. Hablar catalán ha sido casi siempre un acto libre, no obligado (incluso hoy su obligatoriedad es relativa). Pero es que hablarlo (o escribirlo) ha sido, de hecho, un acto de libertad en sí mismo. Un verdadero icono de la resistencia contra los autoritarismos. Y lo es como pocas lenguas pueden decir que lo son. El catalán, para entendernos, sería una especie de La marsellesa de las lenguas.

Por último, el catalán no define una identidad excluyente. No pregunta de dónde vienes, sino si quieres formar parte. Cualquiera puede hacérselo suyo, sin renunciar a nada. En esa capacidad de integración, en esa ausencia de dogma, se funden libertad individual y libertad colectiva como si fueran una sola cosa. El catalán no pide sumisión, sino adhesión. Aquí no expedimos pasaportes (de momento): aquí preguntamos si hablas o entiendes nuestra lengua, y entonces se conviertes en uno más de la familia. Cuando paseamos por los aeropuertos, lo detectamos y diferenciamos enseguida. Cuando caminamos por la calle, también.

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Por tanto, la protección del catalán no se justifica (sólo) por su posición de debilidad, ni sólo por los ataques que recibe, ni siquiera porque sea la lengua propia de este rincón de mundo, sino porque encarna históricamente una manera de entender la convivencia humana, la cultura y el futuro. Y estos valores bien merecen alguna sanción ante las carencias de respeto. No pueden quedar a merced de la buena voluntad, porque la libertad también necesita protección ("Freedom no es free", que dicen los americanos). Exige compromiso, conciencia y, cuando es necesario, determinación. Un retroceso del catalán es un retroceso de la libertad. Ellos lo saben, nosotros también. También debería saberlo todo el mundo: los que pasan, los que se quedan y los que nos miran.