El lenguaje de los animales
A Ptolomeo II le regalaron una cría de elefante que aprendió a hablar en griego, fenómeno extraordinario, porque se consideraba evidente que la única lengua que entendían los paquidermos era el hindi. El cónsul Luciano era testigo de un elefante que había aprendido a escribir con la trompa “Yo mismo he escrito esto”.No sé si Descartes estaba al corriente, pero en una carta que escribió el 1 de noviembre de 1644 aseguraba que los monos podrían hablar si quisieran, pero que prefieren mantenerse en silencio porque nadie les pusiera a trabajar.Hubo un tiempo –nos lo atestigua el fabulista Babrio– sin desconfianzas, en el cual todas las criaturas vivas podían hablar y les eran familiares las palabras que nosotros usamos para comunicarnos. Incluso hablaban los pinos, los laureles o las cañas. “Entonces, todo crecía de la Tierra, que nada pedía a cambio, y la camaradería prevalecía entre dioses y mortales”. Es un hecho, confirma Plutarco, que en aquel tiempo todo el mundo hablaba. Y no solo se hablaba. Aristófanes el Gramático asegura que los elefantes pugnaban con los hombres por el amor de las doncellas, que incluso una serpiente se enamoró apasionadamente de una muchacha de Etolia y que los delfines y las focas flirteaban con los jóvenes mediterráneos.Evidentemente, si todo el mundo hablaba, todo el mundo podía ser indiscreto. Cuando el barbero del rey Midas descubrió que el monarca tenía orejas de asno, incapaz de guardar silencio, cavó un hoyo en la arena y gritó el secreto dentro. Ahora bien, unas cañas crecieron sobre el hoyo, y el viento, al mecerlas, esparció el secreto por todas partes.No sé cuándo la naturaleza decidió dejar de hablar con nosotros, pero la siguiente fábula sugiere que en la Edad Media todavía se recordaban los tiempos antiguos.Érase una vez en la ciudad de Edirne un sultán que no tenía otro amigo que su camello. Solo a él le abría su corazón para hacerlo confidente de sus desvelos. Los hombres casi no le interesaban. Una noche soñó que hablaba con él y, al despertarse, decidió entregar la provincia más rica del imperio a quien enseñara, de verdad, a hablar a su camello. No tardó en formarse a las puertas del palacio una larga hilera de maestros en el arte de enseñar a hablar a los camellos. Tras echarles un vistazo, aseguró que estaba dispuesto a decapitar a quien fracasara en el intento. Inmediatamente, se esfumaron todos.—¡Ay! ¡Si pudieras decirme lo que piensas! —le decía el sultán al camello.Este deseo llegó hasta Alí, un joven ladronzuelo que purgaba sus fechorías en una mazmorra, que no dudó en presentar su candidatura a maestro de los camellos.Cuando el sultán lo vio, sucio y medio desnudo, desconfió de él.—¿Sabes que si me engañas perderás la cabeza?—¡Oh, Señor Omnipotente! —exclamó Alí mientras se postraba—. ¿Por qué razón arriesgaría mi cabeza, si solo tengo una? Todos en mi familia, desde los tiempos de los abuelos de los abuelos de los abuelos míos, nos hemos dedicado a domar camellos. Y puedo asegurar, al ver el vuestro, que de aquí a cinco años sabrá hablar con claridad.—¿Cinco años?—¿Quizás un humano aprende a hablar antes de los tres? Un animal tarda un poco más.El sultán ordenó que vistieran a Alí con las mejores ropas. Le entregó la más rica de sus provincias y le ordenó que al cabo de los cinco años se le devolviera el camello en condiciones de razonar con él.Alí le pidió permiso para visitar a sus padres antes de emprender la tarea.En su casa fue recibido con perplejidad.—Sabes muy bien —le dijo el padre— que ni en cinco, ni en diez ni en cincuenta años conseguirás enseñarle una palabra a un camello.—¡Lástima de tu cabeza! —se lamentaba su hermana.—¡Insensato! —le reprochaba la madre, cubriéndolo de besos y de lágrimas.—Me queréis, y por eso estáis preocupados, pero tranquilizaos —les dijo Alí—. En cinco años pueden pasar muchas cosas. Puede morir el sultán, o el camello, o yo mismo. Cinco años son 1.826 días que pasaré íntegros fuera de la prisión, viviendo como un rey. ¿Qué pobre tiene la oportunidad de vivir con comodidad tantos días de su vida?No querría desanimar a nadie, pero, si hacemos caso a la literatura, parece más fácil aprender a sentir la lengua de los animales que enseñarles a dominar la nuestra. En Andanzas y prodigios de Ben-Sirá se asegura que el saber humano culmina con la interpretación de las lenguas de las palmeras, de los ángeles y de las zorras. Quizás las palmeras tienen su Homero. Los antiguos podían entender sus historias, pero ya no podemos garantizar la veracidad del rumor que nosotros podemos entender de sus palabras.