Los límites de Cataluña
Ya hace meses que Oriol Junqueras ha encontrado en el aumento de población de Cataluña (de los 6,2 millones de habitantes en 2000 a los 8,2 millones actuales, en solo 25 años) un argumento para debatir cuáles deben ser los límites demográficos de nuestro país para que no queden irremediablemente desbordados los servicios públicos, las infraestructuras, la vivienda, los recursos naturales o la lengua. El debate es racional, aunque en política todo es emocional, y es evidente que el presidente de los republicanos ha buscado la manera de marcar una posición de autoridad en el discurso sobre la inmigración que el año que viene cambiará la cara al mapa electoral del país en beneficio de la extrema derecha.
Hay un límite del país, que es la falta de todo el poder político que comportaría la plena soberanía, y más en un estado que nos devuelve aquí mucho menos de lo que le aportamos. Esto siempre sería grave, pero lo es más cuando en estos 25 años la población de Cataluña ha aumentado más de un 30%, muy por encima de Alemania (1,7%), Italia (3,5%), Francia (13,8%) y el resto de España sin tener en cuenta Cataluña (19,9%). Aun así, el poder de los estados también tiene sus límites, porque la economía ya hace mucho tiempo que manda más que la política.
Con todo, hay otro límite, que es el de nuestro entusiasmo como país. Ahora hará 50 años de la primera Diada tolerada después de la Guerra Civil, la de Sant Boi. Aquella Cataluña de 1976 no tenía ni un ápice del poder político que, a pesar del café para todos, tenemos en 2026, pero desbordaba ambición nacional. Este límite de la voluntad solo depende de nosotros, procurando no quedar atrapados por los malestares, reales e inducidos. Parece que ya no haya espacio para la ilusión y la colaboración colectiva porque, en nombre del principio de realidad, pensar en grande se ha convertido en una muestra de ingenuidad. Este límite debemos poder superarlo.