¿Maestros contra niños? Las colonias son un derecho

¿Dónde está el límite entre los derechos? ¿Entre el derecho legítimo y compartido de los docentes a reclamar condiciones laborales dignas y el derecho de los niños a disfrutar plenamente de su proceso educativo, también fuera del aula? Cuando estos dos derechos entran en conflicto, la respuesta no puede ser que uno quede en vilo. Los derechos de la infancia no son negociables, ni pueden convertirse en herramienta de presión en un conflicto que no han provocado y en el que no tienen capacidad de influir.

Las entidades sociales que trabajamos acompañando a niños, niñas y adolescentes en situación o riesgo de exclusión social expresamos una profunda preocupación ante el anuncio de algunos centros educativos de suspender salidas y colonias como medida de protesta. Comprendemos el malestar del profesorado y compartimos la necesidad de mejoras estructurales y profundas del sistema educativo público, un pilar básico del estado del bienestar y una herramienta clave para la igualdad de oportunidades. Sin embargo, consideramos que esta vía es un error grave, porque traslada las consecuencias del conflicto a quien no tiene ninguna responsabilidad: niños y adolescentes.

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Las salidas escolares y colonias no son un lujo ni actividad accesoria: son educación e inclusión. Forman parte del proyecto educativo de los centros y contribuyen de forma decisiva al desarrollo emocional, social y comunitario del alumnado. Favorecen la autonomía personal, fortalecen los vínculos entre iguales, generan aprendizajes vivenciales que no se pueden reproducir en el aula y complementan el currículum académico. Para muchos niños, especialmente aquéllos que viven en contextos de vulnerabilidad, estas actividades son la única oportunidad de salir de su entorno inmediato, conocer otras realidades y acceder a experiencias culturales, de naturaleza y de convivencia que difícilmente vivirían por otras vías.

Si asumimos que la educación es un derecho integral, no podemos fragmentarla según convenga. Dejar en suspenso las salidas y colonias como medida de presión equivale, en términos pedagógicos, a decidir que un curso no se realizarán matemáticas o lengua para protestar por las ratios elevadas, o que se dejará de trabajar la lectura por falta de recursos. Nadie considera aceptable suspender una materia curricular como instrumento de reivindicación. ¿Por qué, pues, podemos suspender la educación en el ocio, la convivencia y el aprendizaje experiencial? Esta mirada reduce la educación a lo que ocurre en el aula e invisibiliza dimensiones esenciales de los crecimientos de los niños y niñas.

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Las entidades de infancia defendemos que sus derechos no pueden ser moneda de cambio en una negociación laboral. La Convención de la ONU sobre los Derechos del Niño establece que el interés superior de los niños y niñas debe ser una consideración primordial en todas las decisiones que les afecten. Cuando una medida de presión impacta directamente en su bienestar, desarrollo y oportunidades educativas, es necesario replantearla con responsabilidad colectiva.

Además, esta decisión no sólo tiene consecuencias para el alumnado. Afecta también al tejido de las entidades de educación en el ocio, las casas de colonias, los monitores y monitoras y un sector que es parte indisociable del ecosistema educativo catalán. Debilitar esta red comporta debilitar un sistema que, precisamente, debería reforzarse para garantizar una educación integral, equitativa y de calidad.

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Por todo ello, pedimos respuestas a las reclamaciones justificadas de los docentes, pero también hacemos un llamamiento a buscar formas de movilización que interpelen a la administración sin perjudicar a los niños. El conflicto está con el departamento de Educación, no con el alumnado. Las reivindicaciones laborales son legítimas y necesarias; los derechos de la infancia, irrenunciables. Los conflictos entre adultos no deberían recaer sobre quien tiene menos voz y menor capacidad de defensa.

Defender la educación pública implica también defenderla en toda su amplitud: dentro y fuera del aula. No vamos a construir una escuela mejor reduciendo los espacios educativos ni limitando las experiencias que generan vínculos, sentido de comunidad y aprendizajes significativos. Si queremos una educación transformadora, no podemos empezar recortando lo que ayuda a generar cambios. La infancia no puede ser la línea de presión. Debe ser, siempre, el centro.