La memoria popular y las instituciones culturales
Un museo no es una iglesia ni un cementerio, tampoco una franquicia de un establecimiento de lujo o uno duty free de un aeropuerto; es el sitio donde la colección se encuentra con el visitante y el visitante con los legados y la memoria. Así, el recién llegado que sale del museo puede devolver al presente de forma menos escindida, menos átona y automatizada, mucho más viva, más conocedora, más deudora y más coral. Cuando el gestor cultural András Szántó vino el pasado enero al MNAC para hablar del futuro de los museos, dijo que en dos décadas habían cambiado más que en los últimos cien años. Seguramente ha ocurrido lo mismo con todas las instituciones culturales. Su mirada se centró en el viraje de unos museos orientados a los objetos hacia unos museos dirigidos a las personas, con todo lo que esto implica: pensarlos como espacios vivos y sociales, edificios e historias que se explican a sí mismos y se hacen transparentes, comprensibles y gratificantes recurriendo a la tecnología, al diseño, a las la educación. Es decir, el paso de unas instituciones culturales basadas en la exhibición (grandes exposiciones, festivales…) a unas instituciones basadas en las relaciones, el conocimiento y la experiencia.
La cuestión de la memoria y las identidades culturales es fundamental. Las últimas polémicas vinculadas a los museos catalanes (el Museu Habitat, las pinturas de Sijena...) tienen que ver precisamente con eso. ¿Descolonizar el museo como pedía Borja-Villel? Por supuesto, pero sin evangelistas, y cada museo de acuerdo a su propia situación e idiosincrasia. ¿Devolver las obras en una operación de expolio político e histórico? No, gracias.
Si las plataformas sociales son un termitero de voces de extrema derecha que se nutren de los tics fascistas de la historia reciente de España, las instituciones culturales deberían ser portavoces de la memoria democrática. Una memoria, claro, que no esconda las relaciones de poder que le han hecho posible, puesto que históricamente el museo también ha sido el lugar donde los burgueses, los nobles y la Iglesia han producido representación de clase, mientras el pueblo ha constatado su derrota. Por ejemplo, hubo una época de la capital catalana en la que los arquitectos, los urbanistas, los abogados y los políticos construyeron la ciudad moderna, así como sus instituciones culturales. Eran catalanistas de facciones políticas que velaban por la restauración borbónica y que tan pronto aplaudían a Primo de Rivera como pactaban con Franco, el "podrido verdugo" que no llegó a ser ablandado por la "dura oscura de los pueblos", como recitaba Brossa.
Gilles Deleuze, en Qué es el acto de creación, citando Paul Klee dijo: "¿Sabéis? El pueblo falta". Se refería, muy enigmáticamente, a la relación que existe entre la lucha de los hombres y las obras de arte: "No hay obra de arte que no invoque a un pueblo que no existe todavía", remata Deleuze. Creo que, precisamente, a muchas de las grandes instituciones culturales de este país les sobra herencia y les falta memoria, es decir, prestar atención a este pueblo que "todavía no existe" en el sentido que se va haciendo, desde hace siglos, con los artistas y los ciudadanos, al margen del poder o incluso contra él. Un museo puede ser el lugar en el que se presentan los signos de esta forma de resistencia al oprobio. Por eso la pregunta por las identidades culturales y la memoria no es banal ni un asunto que tengan que capitalizar los partidos políticos de extrema derecha, ni los de una derecha que le hace la corte y que, junto a ella, da lecciones de historia mientras secuestra obras y deroga leyes de memoria democrática.
¿Cómo podemos hacerlo, por tanto? El Plan de Museos de Cataluña de 2017, con el horizonte en 2030, ya ponía el acento en la investigación, la memoria y el elemento social como ejes vertebradores de la red de museos, pero se centraba mucho en la gobernanza y en cuestiones necesarias de orden técnico y de gestión. Y la memoria y la identidad de un país no sólo viven de su cuerpo tecnoburocrático, ni tampoco de sus símbolos internacionales o de sus artistas más celebrados, que tan pronto son entronizados como genios o enlatados como souvenir. Estas efervescencias quizás sobreviven décadas, pero no siglos. ¿Por qué hipotecar, entonces, el presente de la cultura en los grandes nombres o en los grandes acontecimientos? ¿No hacemos así que el mercado y la institución se solapen en funciones? La memoria y la identidad de un país son un campo de batalla vivo, un palimpsesto conflictivo y fértil. La historia siempre será reconstrucción a partir de sus carencias. Por eso, por ejemplo, el relato descolonial es inevitable, pero no como un mandato sino como una consecuencia natural de abrir y repensar las colecciones.
Según el escritor y pensador Boris Groys, el museo es el lugar donde se fragua el criterio arbitrario que separa lo que es arte de lo que no lo es, y donde los restos de la historia se transforman en obras de arte. Objetos litúrgicos conviven con antiguos accesorios domésticos en lo que María Garganté llama "eclecticismo de rampoina" —tan nostrat—. Como los comienzos se nos escapan, los museos deben entrar en diálogo con las lagunas y las omisiones, con los legados y las rupturas, con las derivas del lenguaje y de las liturgias, tal y como nos enseñan la propia Garganté, Palau, Faxedas, Bonet, Mercadé, Velasco —que acaba de sacar libro—, Calvo otros. Leer e interpretar siempre es un acto en diferido; elegir es un negociado. El museo es también el lugar donde cuestionar las herencias, parecer las tradiciones y rehacer las genealogías; es donde se trata la relación entre el panteón de la cultura hegemónica y el descampado de los rechazados y de las ignoradas, a los que también debemos. Nuestra cultura catalana es brozera, animosa y austera, socarrona y llena de mala leche; una cultura de hierro y de trazos, de metodologías bellas e imposibles; de voces de emboscados, eremitas y exiliados de todas las clases y condiciones; una cultura de noches de desenfreno y del alma, de palacios sin reyes y de sobremesas, de ateneos, casales y de grandes instituciones públicas que no se atreven a matar a los padres que usaron la identidad cultural como una moneda de cambio.
András Szántó reclamaba el paso del museo de los objetos al museo de las personas, pero cada obra es un viaje único a las circunstancias materiales, sociales, económicas y espirituales bajo las que fue hecha. El museo es el espacio artificial de encuentro entre las obras supervivientes y los visitantes que disfrutan de comprender sus condiciones de supervivencia. Algunos teóricos piensan que cuando un objeto entra en el museo pierde su vida. Quizá sea más bien lo contrario, ya que lo que se ha museizado es precisamente el individuo y su contexto social: un escaparate de cuerpos que se piensan como obras para ser contempladas en las plataformas y en los gimnasios, ideas que provienen de fórmulas políticas y comerciales demasiado conocidas, ciudades franquicia o un... sitio, perfilado, funcional, momificado, algoritmizado, rutinario, como muerto, como si hubiera salido del curso de la historia.
Por eso los museos deben aprovecharse con gran empuje, porque son el lugar donde los miembros de una cultura, es decir, de un territorio, piensan en tiempo real. La relación con la colección -la vigente y la futura- debe llevar inscrita esta evidencia. Quizás es útil aplicar el nexum del derecho romano entendiéndolo como deber y como vínculo. ¿Qué deuda se ha generado, qué rendija? ¿Qué me ata todavía a este pasado, qué ha muerto o transformado? ¿Qué herramientas, paisajes y feudos todavía rumorean? ¿De qué dolor venimos, de qué lucha y qué pueblos? ¿Qué deleite sutil nos precede y todavía nos escolta?