Todo este miedo es fomentado

La señora sufre y sufre todo el día por si le ocupan el piso que se compró con sus ahorros de toda una vida. No hay día en que no encienda el televisor y no encuentre imágenes de inmuebles destrozados, terribles violaciones de la propiedad privada. Los espantaviejas ocupan buena parte de la parrilla matinal. La señora no ve, claro, la perversión de un sistema que especula con la vivienda, dominado por grandes tenedores y fondo buitre que hacen imposible el acceso a un techo digno, y que la utiliza a ella de peón para imponer un clima general en el que los desahucios no sólo son aceptables sino que son del todo necesarios. Da igual que los "lanzamientos" sean de familias, de niños. La propiedad es más sagrada que la compasión hacia los desamparados, y ponerlos en el mismo saco que en los aprovechados y los drópolos hace más fácil su deshumanización. O sea que el miedo a la señora es, en realidad, miedo a la pobreza, a quienes no tienen nada. Si no tienen nada, no pueden perder nada y, por tanto, podrán arriesgar mucho más que quien tiene algo.

Pero hay otros miedos que atenazan la existencia de millones de personas en uno de los lugares más seguros del mundo, con más garantías y derechos, con más justicia y servicios públicos. Tenemos una sanidad que se ha deteriorado desde que fue pasada por la guillotina de los recortes (gracias, señores Mas y Mas-Colell, pienso en ustedes cada vez que la médica de cabecera me dice que no tiene cita hasta dentro de tres semanas; tenganme por resentida, si uno quiere a una, sigue la existencia sigue salud de una persona, el sistema todavía funciona. Con listas de espera incluso, con las pésimas condiciones en las que trabajan médicos y enfermeras, sin embargo, todavía podemos sentirnos seguros. Muchos cánceres que se detectan a tiempo ya no son una condena a muerte; muchas condiciones que suponen un riesgo vital reciben un seguimiento que reduce las consecuencias hasta dónde llega la ciencia médica. Y aún no depende de tener dinero o no para pagar la factura del tratamiento. Y a pesar de todo, el miedo a enfermar o envejecer parece uno de los más presentes en esta sociedad: las librerías están llenas de libros de autoayuda sanitaria dedicados a curarnos en salud, con propuestas dietéticas de lo más variadas, libros que parecen escritos por antiguos curanderos pero con muchas notas a pie de página citando artículos. Sólo que, en el ejemplar de al lado, otra nota a pie de página de otro estudio de otra universidad demuestra exactamente lo contrario que el anterior. Siempre que veo a personas que corren por la calle me dan ganas de hacerles una pregunta: ¿de qué huyen? Creo que de la enfermedad, de la propia muerte. ¿Que no lo ve que tarde o temprano le va a atrapar? ¿Que la única venganza contra nuestra finitud es aprovechar el momento y apurar la vida hasta el fondo, como si no tuviera que acabar nunca?

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Pongo estos dos ejemplos, que me han venido a la cabeza, pero el catálogo de miedos en Occidente es casi infinito. Y nos paraliza, nos hace dóciles y obedientes. Y callados. Leo un libro sobre testigos de mujeres iraníes que se juegan la piel para defender sus derechos, y de repente me parece que nuestros temores de poca monta son del todo ridículos. Personas que te dicen cosas en privado que no se atreven a expresar nunca en público, no porque les puedan encarcelar o torturar o colgar de una grúa sino porque les pueden hacer un comentario crítico en Twitter o en cualquier espacio donde se juntan los censores, también de poca monta. ¿Toda esta cobardía de dónde nos viene? ¿Por qué nos hemos vuelto tan conformistas, tan adaptados a la norma hegemónica y vamos todos con el rebaño? Quizás porque el gran miedo a la soberanía individual, a la emancipación tanto del pensamiento como de los actos se fomenta con pequeños miedos esparcidos cada día con insistencia de lluvia fina: en los periódicos, en las noticias, en las series y películas. Por todas partes.