Migraciones y geopolítica irracional
Estamos entrando en un mundo que todavía no tiene nombre. En la raíz de los cambios actuales aparecen cinco grandes factores interrelacionados: una nueva geopolítica global, migraciones internacionales en un contexto de aumento demográfico, la digitalización y la inteligencia artificial, un cambio climático que parece irreversible y diversas crisis internas en las democracias liberales. Centrémonos en algunos elementos de los dos primeros factores.La geopolítica. Hay que analizarla con un mapamundi delante y con la historia de los contextos afectados. El mundo de la Guerra Fría pertenece al pasado, pero el “nuevo mundo” todavía se está configurando. Algunos factores destacados: emergencia de China como uno de los dos actores hegemónicos a escala económica, política y militar (erosión de la antes incontestable posición de los EE. UU.); consolidación de potencias regionales (India, Turquía, Brasil, Indonesia, etc.); declive relativo de la Unión Europea; crecimiento de la inestabilidad en Oriente Medio (Irán, Israel-Palestina, acuerdo entre Arabia Saudí-Turquía-Pakistán); estrategias para el control de los estrechos marítimos en términos de seguridad, defensa y comercio (Malaca, Ormuz, Bab el-Mandeb/Suez, Gibraltar); importancia futura de las nuevas rutas del Ártico. Un conjunto de factores de resultado incierto. Nadie lo controla todo, pero tampoco nadie quiere quedarse al margen o perder posiciones en el próximo cuarto de siglo.Migraciones internacionales. También requieren disponer de un mapa global. Se trata de un tema en el que intervienen variables socioeconómicas, políticas, éticas, nacionales y culturales, ante las cuales parece que nadie logra ofrecer una optimización que sea a la vez efectiva y razonable. Ni las derechas ni las izquierdas.La geopolítica se interrelaciona con las migraciones. Ceuta como botón de muestra. A estas alturas, dejando de lado la pésima gestión del gobierno español, el conflicto de Ceuta parece claro que no se puede reducir a una mera disputa migratoria entre dos estados fronterizos. El contexto hace aparecer en él las estrategias internacionales globales: uso de las migraciones como arma política, influencia del tándem EE. UU.-Israel en países musulmanes; Marruecos como pieza clave de esta estrategia. Parece que China lo analiza también en estos términos: si la estrategia de los EE. UU. en este territorio avanza, las opciones estratégicas chinas se reducen (véase el artículo de Nadia Helmy, “Why Chinese Analysts Are Linking Morocco’s Gaza Role to Spain’s Ceuta Crisis”, Modern Diplomacy, 11-8-2026). La Unión Europea ha vuelto a mostrar que vive de espaldas al Mediterráneo.
Gibraltar es más importante para Marruecos que para España. Esta última tiene garantizado el control de sus aguas territoriales, en contraste con Marruecos, donde Ceuta supone un estorbo geográfico y político. Todo apunta a que Ceuta y Melilla acabarán siendo ciudades marroquíes a medio plazo, de la misma manera que parece que se producirá la unificación de Irlanda. Se trata de un caso en que la geopolítica y los mapas se imponen cuando las condiciones de contorno de la dominación histórica internacional varían. La base norteamericana de Rota (España) se podría desplazar a la costa marroquí oriental. La crisis de Ceuta está lejos de ser un mero conflicto entre soberanías domésticas; es más bien un rincón más del tablero geopolítico global.Todo esto, dicho así, parece muy racional. Sin embargo, es conocido que los humanos, sobre todo en tiempos de cambios acelerados, decidimos y actuamos con prisas, utilizando falacias irracionales. Una de las más repetidas es la llamada “falacia de los costes irrecuperables”: una vez inmersos en un proyecto económico o bélico que la experiencia empírica muestra que no puede alcanzar los objetivos iniciales, es habitual continuar implementándolo, porque hemos invertido importantes cantidades de dinero, tiempo y energía. El caso de algunas guerras resulta ejemplificador (Vietnam, Afganistán o las actuales de Ucrania e Irán): se toman decisiones arriesgadas con la esperanza de recuperar aquello que se ha invertido. Es la falacia de “la aversión a la pérdida”, una actitud emocional que contrasta con la más conocida de “la aversión al riesgo” cuando el balance es más favorable a obtener ganancias.Se trata de tendencias o disposiciones mentales bastante espontáneas que dificultan llegar a acuerdos en las negociaciones entre unos actores que, de hecho, a menudo preferirían que el conflicto terminara cuanto antes. Napoleón, en sus comentarios, veía en estos casos una salida: la intervención de un actor fuerte y externo capaz de sugerir, primero, e imponer, después, una solución que será aceptada por las diversas partes del conflicto y a la que nunca llegarían por sí mismas. Sin embargo, cuando son grandes potencias las que están implicadas en un conflicto internacional, este actor externo no existe. Y ninguna gran potencia tiene incentivos para que exista.En definitiva, nos tenemos que ir acostumbrando a un mundo más multipolar, más incierto, más cambiante y en el cual la inmediatez y la aceleración de las dinámicas colectivas comporta un aumento de decisiones globalmente poco racionales. Algunos de los Homo minus sapiens que nos gobiernan quieren eliminar las democracias liberales, promueven inteligencias artificiales de manera estúpida e irresponsable, ofrecen dinero a cambio de votos, censuran periodistas y creen que todavía hay poco dióxido de carbono en la atmósfera. Hay que combatirlos.