Una imagen de archivo de La Pedrera.
11/03/2026
Abogado y escritor
3 min

A raíz del anuncio sobre el futuro Museo Thyssen en Barcelona, ​​y la lógica preocupación que muchos mostramos (y todavía tenemos) sobre la afectación al patrimonio de la fachada del Palau Marcet y en el mismo paseo de Gràcia, se abrió el debate también sobre su contenido: ya se sabe, colección básicamente modernista catalana (Casas, Rusiñol, Me... Nos preguntamos entonces si Barcelona necesitaba aún más Modernismo, aunque sólo fuera pictórico: el MNAC llena este vacío de manera muy clara, y más aún que lo puede llenar. Esto sin mencionar (claro) la vertiente arquitectónica del movimiento, esparcido por toda la ciudad. Nos preguntábamos, pues, si no convendría un contenido distinto. O complementario. No sólo porque de Modernismo nos sobra, sino por la siguiente pregunta: ¿se habrían conformado los modernistas de la época a exhibir siempre obras de un pasado glorioso? ¿O habrían ido a buscar las últimas novedades de fuera y ponerse a la vanguardia? ¿Nos falta hoy esta actitud de modernidad? De tanto querer conservar el Modernismo como patrimonio, ¿lo hemos acabado perdiendo como virtud?

La propuesta la puede tomar Thyssen o no, pero alguien tiene que asumirla. Empezando por el propio Ayuntamiento, sin más imaginación (al parecer) que traer Copas de América, Fórmulas 1 o Juegos Olímpicos de Invierno para entretenernos. Alguien debe ponerse: si lo hace Thyssen, y encima lo hace respetando la arquitectura vigente, me alegraré. Por si acaso, y para contarme, se trata de lo siguiente: en lugar de mirarnos tanto el pasado, que ya brilla por sí solo, abrazar la contemporaneidad. Lo siento, pero Macba no lo consigue del todo. Del Moco vale más de lo que hablamos. La Villa Casas la han dejado como una rara ancianos huérfana y desconcertada. Y Miró hace lo que debe hacer, y Picasso hace lo que debe hacer, y Dalí se acerca ahora a Barcelona vinculando ciencia y arte ("Platform Dalí"). Pero lo que no existe todavía es la percepción de Barcelona como foco de vanguardia mundial, si la sacamos de la feria de los móviles o las de biomedicina, o de los festivales de música. No salimos al mapa de las grandes bienales de arte, de los grandes museos contemporáneos o de los festivales internacionales de cine. Estamos en una categoría inferior en términos de último grito, de lugar donde debe ser, de hambre de verdadero liderazgo competitivo. Por eso los que vienen, a menudo, vienen porque somos una ciudad hermosa. Muy bonita y con buen clima. Bravo.

La actitud modernista (actualizada) sería la de hacer lo necesario para ser los líderes en más de uno y dos ámbitos. Es imperdonable, de entrada, que no seamos en arte: la ciudad de Gaudí, de Picasso y de Miró se ha quedado mirándoles, viviendo de renta de sus obras, en lugar de aprender de ellos y de su actitud inquieta, ambiciosa, desesperadamente hambrienta de excelencia. No: hacer muchas exposiciones inmersivas para llevar a los niños no tiene nada que ver. Ni siquiera Madrid se ha quedado remirándose el Barroco del Prado, sino que ha dotado al Reina Sofía de grandes exposiciones de arte contemporáneo internacional y ha promovido iniciativas como el Matadero, la Casa Encendida, Arte Madrid, CA2M... (a su madrileña manera y pagando nosotros, claro). Nosotros creímos, en cambio, que las casas modernistas y las pinturas de vanguardia (es decir, las joyas de los abuelos) ya nos pagaban toda la fiesta. No sólo es falso: es que ellos nunca habrían hecho esto. Ni los modernistas ni los vanguardistas, valga la redundancia. Nunca habrían dicho: "Ahora a disfrutar del espectáculo de los barcos de vela, que ya hemos demostrado lo suficiente".

Cuando digo que Barcelona debe dejar de ser capital de la horterada y del cosmopolitismo mal entendido, me refiero a esto: desde los Juegos Olímpicos que quisieron hacernos creer que ya terminaba la historia y que ya podíamos perder la tensión. Afortunadamente, el Proceso y el 1-O demostraron lo contrario. Pero aparte de la política hay que promover un atrevido, un atrevimiento, un hambre y una ambición que nada tienen que ver con el alma gentrificada y autocomplaciente que se nos propone como destino. No: nunca Barcelona estuvo tan a la última como en tiempos del Modernismo, y nunca ha estado tan a remolque de los acontecimientos como ahora. Si Thyssen recoge este guante, puede redimir muchas de las sospechas creadas. Pero la llamada es para todos, tanto agentes políticos como sociales como culturales: basta con mirarnos al espejo de las Barcelones pasadas; conjurémonos para comernos el mundo. Gaudí lo hizo. Ellos lo hicieron. Atrevámonos.

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