En la muerte de Jaume Pont

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El poeta Jaume Pont
25/10/2026 - 21:01 h
Escritor

Hay consternación entre los lectores y escritores en lengua catalana por la muerte, hace unos días, de Jaume Pont, uno de los poetas más destacados de su generación. Pont había nacido en el año 1947, como Josep Piera, otro de los grandes poetas en lengua catalana de las últimas décadas: por estas dos muertes, es adecuado pensar en 2026 como un año aciago. Corre por las redes una foto preciosa en la que aparecen ambos, Piera y Pont, en la casa del primero en la Drova, a punto de darse un abrazo, felices de disfrutar del placer de la amistad verdadera. Eran maestros en el arte de hacer versos y en el de vivir, y así lo hacían patente, sin ni siquiera proponérselo, en cada cosa que hacían. Su condición de “periféricos” (Jaume Pont era de Lleida y Josep Piera de Beniopa, en la muy feraz comarca de la Safor) no era tan solo un dato sobre los respectivos lugares de nacimiento: la poesía, la alta poesía, es siempre un asunto periférico, y esto no quiere decir que no interese a nadie (bien al contrario: interesa a una multitud, interesa a las masas) sino que no se monetiza, no es venal, no se intercambia en euros ni en dólares, y, por eso, los que necesitan cuantificarlo todo y ponerle precio a todo, la encuentran sospechosa.

Jaume Pont fue (lo es, ahora ya lo será para siempre) un poeta minucioso, exigente y profundo. Como muchos de su edad se formó entre la experimentación, el culturalismo y las abrasiones pop de los años sesenta y primeros setenta, que tenían sello británico y norteamericano, pero también francés, alemán, italiano, español, checo, polaco... También había un interés genuino por la cultura popular de tradición oral, y por los sustratos árabes (“los morenitos”, como decía Piera) que persisten en buena parte de los Países Catalanes. Con todo este bagaje Jaume Pont levantó templos a la meditación sobre el ser y el tiempo que llevan títulos como Divan, Vuelo de cenizas, Espejo de negra noche o En ninguna parte, un libro que –no tan solo por la sonoridad del título– dialoga con el Joan Maragall de Más allá, y también con el del Canto espiritual. Nos quedará, desgraciadamente, como el último libro publicado por Jaume Pont, cuando todavía estaba bien lejos de haber agotado la voz y le quedaba tanto por escribir. Recibió premios y distinciones, entre ellos el Prix Mallarmé por la traducción francesa –a cargo de François-Michel Durazzo– de Espejo de negra noche. Pero con galardones o sin ellos, la poesía de Jaume Pont se sostiene derecha, alta, como una de las contribuciones más valiosas que ha recibido la literatura catalana desde los años setenta hasta aquí.

El talante cordial y amistoso de Jaume Pont sirve también para recordar que la cultura no la hacen los pedantes ni los impostores ni las vedetes ni los granujas, sino aquellos que son lo suficientemente valientes para no ser ninguna de estas cosas y para presentarse ante la comunidad con el único aval de una obra seria, hecha a conciencia, sobre cuestiones que importen, para empezar, a su propio autor. Que la cultura la hacen las cabezas brillantes, pero sobre todo las cabezas honestas. Jaume Pont supo ser las dos cosas, y no se lo agradeceremos nunca lo suficiente.

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