Por qué las mujeres deben decidir

Esta semana ha cumplido cuatro años de la invasión de Ucrania por parte de Rusia; el conflicto Israel-Palestina continúa; la guerra interna en Myanmar se mantiene activa desde 2021, y así hasta al menos una decena de conflictos más. Y en medio de tanta amargura, me cae en mis manos un artículo científico publicado este año en la International Political Science Review en la que Giuditta Fontana, de la Universidad de Birmingham, y colegas de la misma universidad y de la Universidad de Hamburgo concluyen que, cuando las mujeres participan en los procesos de paz, la probabilidad de que el conflicto se reactive se reduce al menos un 11%, llegando hasta un 37% cuando interviene la ONU.

¿Por qué algunos procesos de paz logran acabar con la violencia a gran escala mientras que otros fracasan en el intento?

Ésta es la pregunta que el equipo investigador se propuso responder con un proyecto de investigación que abarca desde los campos de batalla de Filipinas hasta las calles de Liberia. Para ello, analizaron en profundidad 14 procesos de paz prolongados en guerras civiles recurrentes, buscando patrones allá donde otros sólo veían desolación. Este análisis reveló que la ONU, trabajando con organizaciones locales de mujeres, fue capaz de crear y mantener acuerdos de paz. Lo contrastaron estadísticamente con 286 acuerdos cerrados en conflictos violentos en todo el mundo. La conclusión, pues, se confirmaba: cuando la ONU y las organizaciones lideradas por mujeres trabajan juntas, las probabilidades de que una guerra no vuelva a estallar aumentan significativamente.

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Sin embargo, el equipo no se quedó con las cifras. Para entender lo que hay detrás de las estadísticas, se adentraron en estudios de caso sobre el terreno en la región de Bangsamoro, en la isla de Mindanao, así como en Burundi, Costa de Marfil, Liberia y Sierra Leona. Sociedades marcadas por la guerra que, cada una a su manera, ofrecen valiosas lecciones sobre cómo construir una paz duradera. Los resultados fueron claros: el liderazgo de la ONU y la inclusión de las mujeres en la sociedad postconflicto no son factores secundarios sino elementos decisivos para garantizar que la paz no sea efímera.

Y es que el diálogo entre métodos es imprescindible. Los datos cuantitativos pueden mostrar que los acuerdos con presencia femenina tienen una mayor tasa de supervivencia al cabo de diez o quince años, pero son las entrevistas con mediadores y actores locales las que revelan cómo se introducen temas como la justicia transicional, la reparación y los derechos sociales, cómo se construyen puentes entre facciones, cómo se traduce la inclusión en confianza. Sin esa segunda capa cualitativa, el número se queda mudo.

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Existe, además, una lección política de fondo. Durante demasiado tiempo, la presencia de mujeres en espacios de decisión se ha justificado en términos de representatividad. La investigación muestra que es también una cuestión de eficacia institucional. Si la diversidad mejora la calidad de los acuerdos y reduce su fragilidad, excluir no es sólo injusto: es ineficiente.