El mundo se ha vuelto impredecible
A menudo a los economistas se nos pide que opinemos sobre qué prevemos que pasará en la economía, especialmente a la vista de los acontecimientos que estamos viviendo. Por mi parte, acostumbro a contestar que la respuesta correcta es que no tengo ni idea, pero que por cortesía con quien pregunta puedo anticipar, más desde la experiencia que del conocimiento cierto, que... No haré chistes sobre previsiones de economistas, pero en nuestro descargo remarcaré la complejidad de un momento en que la geopolítica es la causante de las incertidumbres, en que lo que interviene es un conjunto de factores interdependientes y, más aún, movidos por el personaje que hoy dirige la Casa Blanca. Este marco geopolítico tiene como pronóstico más de una sola variable económica, a la que se le puede asociar un elemento de riesgo. Y cuando los riesgos son encadenados, la probabilidad de cada pronóstico, que obtenemos con una multiplicación por un valor inferior a 1, deviene muy baja. ¡Todo depende de todo! De manera que aunque hoy tenemos, a diferencia del pasado, mejores herramientas de previsión y más instrumentos de reacción que nunca, aquellas situaciones, cada vez más complejas e interconectadas, son más difíciles de anticipar. Cae la red de seguridad, se rompe la logística o el transporte de mercancías, se pierde la cadena de valor y todo a la vez se paraliza.Esto genera una cierta frustración: la ciencia económica no puede anticipar, ni evitar ni corregir lo suficiente los ciclos ni sus efectos sobre el bienestar de la gente. En la Edad Media la ciencia en general tenía menos que decir que en la actualidad para enderezar el mundo. Hoy hay más cosas que antes se consideraban exógenas, en las cuales no se podía incidir, que hoy ya no lo son. La miseria del mundo, la falta de agua, la hambruna, la pérdida de la salud, la desigualdad: sabemos que son tratables y podemos actuar en ellas. Y aunque sabemos que podemos, no lo hacemos. Esto no nos puede dejar con la conciencia tranquila.Vivimos en un mundo de progresos excitantes en el ámbito de la tecnología, pero que nos asustan después, vistos de cerca; generan tanta esperanza como temor. Innovaciones que cuestionan muchos puestos de trabajo, activos cripto que no entendemos, derivados financieros que salen del balance y que no podemos regular ni controlar, inteligencia artificial que nos puede llevar a un callejón sin salida... Cambios que se acompañan de factores demográficos (poca natalidad, entrada tardía a la fertilidad) y de estilo de vida y valores (no ya de los que vemos en casa y en un entorno reducido) sin precedentes y para los cuales ya no valen antiguas prescripciones. Antes sabíamos que el mundo se había construido desde bloques políticos diferenciados y reconocibles: China, la India, los estados árabes, el mundo occidental. Los Estados Unidos, hoy, con Trump, suponen un cambio que tanto puede ser coyuntural —y por tanto pasajero— como que se haya instalado. La MAGA ya tiene raíces.
La integridad y la ética como guía supletoria de las incertidumbres ya no cotizan de cara al individualismo liberal del "Yo primero", incluso entre los partidarios de la meritocracia. Ya nadie parece estar dispuesto a redimirse por una causa superior.A pesar del automatismo de los algoritmos con los que nos movemos, el contexto sigue siendo un valor inaprehensible para la IA, y el ChatGPT nunca puede sustituir el cómo y el porqué de las cosas. Por eso, antes la seniorityera el mejor activo del conocimiento, ganado por acumulación de edad y trabajo. Ahora lo es la innovación de los talentos precoces, en busca del "Quien llega primero se lo lleva todo". Para este objetivo, la especialización técnica que aparenta ser tan necesaria deviene una forma de empobrecimiento humanístico.El abanico de las decisiones claves para el futuro de la humanidad se amplía. Incluye la alimentación sostenible, el espacio de la tierra y solar, la salud global, la diversidad de las especies a conservar, los límites de la desigualdad por la polarización que pueda romper la convivencia social. Vivimos en una especie de evolución que crea primero los problemas para resolverlos aparentemente después, y que crea más desigualdades a la hora de acceder a las soluciones propuestas. La inmigración internacional y cómo entender la solidaridad entre países devienen el "gran elefante blanco".En el pasado, los acontecimientos imprevistos eran locales, orográficos: incendios, terremotos, epidemias. Ahora son globales, pandémicos, de recesiones económicas generales, de paralización del comercio mundial. Ante las diversas catástrofes, el principio doctrinal de "primero, precaución" no parece que se pueda aplicar. De manera que el futuro de la humanidad cada vez está más en peligro.